Viendo, pues, los del cielo que no se le aplicaba remedio alguno de cuantos ellos ordenaban y que el enfermo iba por la posta caminando á la sepultura, entraron á él y con toda claridad le dijeron que moría. Ni por esas se dió por entendido; antes llamando un criado, le dijo:
Hola, ¿hanles pagado á estos médicos?
Señor, no.
Y aun por eso me dan ya por desahuciado. Pagadles y despedidles.
Lo segundo cumplieron. Fuéronse con tanto las virtudes, quedáronse los vicios, y él muy en ellos, que presto acabaron con él, aunque no él con ellos. Murió el hombre de todos y fué sepultado más abajo de la tierra.
Íbale ponderando á Critilo este suceso de cada día un varón de ha mil siglos.
¡Oh cómo es verdad, decía Critilo, que los vicios no sanan, sino que matan, y las virtudes remedian! No se cura la codicia con amontonar riquezas ni la gula con los manjares, la sensualidad con los bestiales deleites, la sed con las bebidas, la ambición con los cargos y dignidades; antes se ceban más y cada día se aumentan. De ese achaque le vino á la torpe vinolencia hacer estanco de vicios. ¡Y qué feos! ¡qué abominables! Pero entre todos, aquel que se me venía acercando y pegándoseme, que no hice poco en rebatirle, ¿cuál de ellos era?
Es más cortesano, cuanto más civil; común, cuando más estraño.
¿Cómo se llamaba el tal monstruo?
Bien nombrado es y aun aplaudido, entremetido y bienadmitido. Todo lo anda y todo lo confunde. Entra y sale en los palacios, teniendo en las cortes su guarida.