Déste no hay que aguardar buen hecho.

Y no se engañó. De un tuerto pronosticó que no haría cosa á buen ojo y acertó. Á un corcovado le adevinó sus malas inclinaciones; á un cojo, los malos pasos en que andaba y á un zurdo, sus malas mañas; á un calvo, lo pelón y á un ceceoso lo malhablado. Á todo hombre señalado de la naturaleza señalaba él con el dedo, diciéndoles se guardasen. Encontraron ya un grande perdigón, que iba perdiendo á toda prisa lo que muy poco á poco se había ganado y al punto dijo:

¿No hizo él la hacienda?

No; que quien no la gana no la guarda.

Pero esto es nada, cosas más raras y más recónditas adevinaba, como si las viera. Y así, encontrando un coche, que traía tan arrastrado á su dueño, cuan desvanecida á su ama, dijo:

¿Veis aquel coche? Pues antes de muchos años será carreta.

Y realmente fué así. Viendo edificar una cárcel muy suntuosa y fanfarrona, con muchos dorados hierros, que pudiera sustituir un palacio, dijo:

¿Quién creerá que ha de venir á ser hospital?

Y de verdad lo fué, porque vinieron á parar en ella pobres desvalidos y desdichados. De un cierto personaje, que tenía muchos y buenos amigos, dijo que danzaba muy bien y acertó: porque todos le alabaron. Al contrario de otro, que tenía cara de pocos amigos:

Éste no hará cosa bien ni saldrá con lo que emprendiere.