Esto es más, que llegó uno y le preguntó cuánto tiempo viviría. Miróle á la cara y dijo que cien años y que si, le bobeara un poco más, dijera que docientos. Á otro inútil para todo aseguró que sacaría de la puja al mismo Matusalén. Pero lo más es que, en viendo á cualquiera, le atinaba la nación. Y así de un invencionero dijo:

Éste, sin más ver, es italiano.

De un desvanecido, inglés; de un desmazalado, alemán; de un sencillo, vizcaíno; de un altivo, castellano; de un cuitado, gallego; de un bárbaro, catalán; de un poca cosa, valenciano; de un alborotado alborotador, mallorquín; de un desdichado, sardo; de un tozudo, aragonés; de un crédulo, francés; de un encantado, danao. Y así de todos los otros, no sólo la nación; pero el estado y el empleo adevinaba. Vió un personaje muy cortés, siempre con el sombrero en la mano y dijo:

¿Quién dirá que éste es hechicero?

Y realmente fué así, que á todos hechizaba. De un embelesado, que era astrólogo; de un soberbio, cochero; de un descortés, ujier de saleta; de un desarrapado y arrapador, soldado; de un lascivo, viudo; de un peludo, hidalgo. De un hombre de puesto, que prometía mucho y á todos daba buenas palabras, dijo:

Éste contentará á muchos necios.

De otro, que no tenía palabra mala, adevinó que no tendría obra buena. Y al que mucha miel en la boca, mucha hiel en la bolsa. Vió á uno ir y venir á una casa y dijo:

Éste anda por cobrar.

Á cierto hombre, que dió en decir verdades, le pronosticó muchos pesares; y al de gran lengua, gran dolor de cabeza. Á cada uno le adevinaba su paradero, como si lo viera, sin discrepar un tilde: á los liberales, el hospital; á los interesados, el infierno; á los inquietos, la cárcel y á los revoltosos, el rollo; á los maldicientes, palos y á los descarados redomas, á los capeadores, jubones y á los escaladores, la escalera; á las malas, palo santo; á los famosos, clarín; á los sonados, paseo; á los perdidos, pregones; á los entremetidos, desprecios; á los que les prueba la tierra, el mar; á los buenos pájaros, el aire; á los gavilanes, pigüelas y á los lagartos, culebra; á los cuerdos, felicidades; á los sabios, honras y á los buenos, dichas y premios.

¡Qué rara habilidad ésta!, ponderaba Andrenio. No sé qué me diera por tenerla. ¿No me enseñarías esta tu astrología?