¿Ni sustentada por tres días á la francesa, que vale mucho?
Ni por uno.
¿He, vaya, que por un cuarto ni por un instante ni una equivocación á la hipócrita?
Tampoco.
¿Ni un disimular la verdad, que no es mentira? Pero ¿ni decir todas las verdades?
Ni aun eso.
¡Válgate Dios por verdad y qué puntual que eres! Casi casi voy tratando de huir también. ¿Qué, ni una escusa con el embestidor ni una lisonja con el príncipe ni un cumplimiento con el cortesano?
Nada, nada de todo eso; todo liso, todo claro.
Ahora digo que no entro yo allá. No me atrevo á pasar por una tan estrecha religión. ¿Yo vivir sin el desempeño ordinario? Será imposible. Desde ahora me despido de tal corte y á fe que no seré solo. ¿No hay embustes? Pues digo que no es corte. ¿No hay engañadores ni lisonjas ni lisonjeros ni encarecedores? Pues no habrá cortesanos. ¿No hay caballeros sin palabra ni grandes sin obra? Pues digo que ni es corte. ¿No hay casas á la malicia y calles á la pena? Vuelvo á decir que no puede ser corte. Señores ¿quién vive en este París, en este Stocolmo, quién en esta Cracovia? ¿Quién corteja á esta reina? Sola debe andarse, como la Fénix.
No falta quien la asista y la corteje, respondió el Acertador.