Porque sabrás, oh Andrenio, que, cuando los mundanos echaron la Verdad del mundo y metieron en su trono la Mentira, según refiere un amigo de Luciano, trató el Supremo Parlamento de volverla á introducir en el mundo, á petición de los mismos hombres, á instancias de los mundanos, que no podían vivir sin ella. No podían averiguarse ni con criados ni oficiales ni con las propias mujeres. Todo era mentira, enredo y confusión. Parecía un Babel todo el mundo, sin poderse entender unos á otros. Cuando decían sí, decían no; y cuando blanco, negro. Conque no había cosa cierta ni segura. Todos andaban perdidos y gritando:
¡Vuelva, vuelva la verdad!
Era dificultosa la empresa y temíase mucho el poder salir della. Porque no se hallaba quien quisiese ser el primero á decirla. ¿Quién dirá la primera verdad? Ofreciéronse grandes premios al que quisiese decir la primera y no se hallaba ninguno. No había hombre, que quisiese comenzar. Buscáronse varios medios, discurriéronse muchos arbitrios y no aprovechaban. Pues ella se ha de introducir, ella ha de volver á los humanos pechos y á arraigarse en los corazones. Véase el cómo. Teníanlo por imposible los políticos y decían:
¿Por dónde se ha de comenzar? ¿Por Italia? Es cosa de risa. ¿Por Francia? Es cuento. ¿Por Inglaterra? No hay que tratar. ¿Por España? Aún, aún; pero será dificultoso. Al fin, después de muchas juntas, se resolvió que la desliesen con mucho azúcar, para desmentir su amargura y la echasen mucho ámbar contra la fortaleza, que de sí arrojaba. Y deste modo dorada y azucarada en un tazón de oro, no de vidrio por ningún caso, que se trasluciría, luego la fuesen brindando á todos los mortales, diciendo ser una exquisita confección, una rara bebida, venida de allá de la China y aún más lejos, más preciosa que el chocolate ni que el chá ni que el broete, para que con eso hiciesen vanidad de beberle. Comenzaron, pues, á mandarla á unos y á otros por su orden. Llegaron á los príncipes los primeros, para que con su ejemplo se animasen á pasarla los demás y se compusiese el orbe todo; mas ellos de una legua sintieron su amargura. Que tienen muy despiertos los sentidos: tanto huelen como oyen; y comenzaron á dar arcadas. Alguno hubo, que por una sola gota, que pasó, comenzó luego á escupir, que aún le dura. En probándola, decían todos: ¡Qué cosa tan amarga!
Y respondían los otros:
Es la Verdad.
Pasaron con tanto á los sabios. Éstos sí decían, que toda su vida hacen estudio de averiguarla; mas ellos tan presto como la comieron la arrimaron, diciendo que tenían harto con la teórica, que no querían la práctica; en especulación, no en ejecución. Hora vamos á los varones ancianos y muchachos, que suelen hacer pasto della. Engañáronse, porque, en sintiéndola, cerraron los labios y apretaron los dientes, diciendo:
Por mi boca no; por la del otro, á la de mi vecino. Convidaron á los oficiales. Menos; antes dijeron que morirían de hambre en cuatro días, si en la boca la tomasen, especialmente los sastres. Los mercaderes, ni verla, que por eso tienen las tiendas á escuras y aborrecen sus cajones la luz. Los cortesanos, ni oírla. No se halló mujer, que la quisiese probar, y decía una:
¡Anda allá!, que mujer sin enredo, bolsa sin dinero.
Desta suerte fueron pasando por todos los estados y empleos y no se halló quien quisiese arrostrar á la Verdad. Viendo esto, se resolvieron de probar con los niños, para que tan temprano la mamasen con la leche y se hiciesen á ella. Y fué menester buscarlos muy pequeñuelos. Porque los grandecillos ya la conocían y la aborrecían á imitación de sus padres. Fueron á los locos perenales, á los simples solemnes, que todos la bebieron. Los niños, engañados con aquella primera dulzura. Los simples, porque no dieron en la cuenta, apechugaron con el vaso hasta agotarle. Llenaron el buche de verdades, comenzando al punto á regoldarlas, amargue ó no amargue. Ellos la dicen, pique ó no pique; ellos la estrellan, unos la hablan, otros la vocean. Ellos no la sepan; que, si la saben, no dejarán de decirla. Así que los niños y los locos son hoy los cortesanos desta reina, ellos los que la asisten y la cortejan.