Hallábanse ya á la entrada de una ciudad por todas partes abierta. Veíanse sus calles esentas, anchas y muy derechas, sin vueltas, revueltas ni encrucijadas. Y todas tenían salida. Las casas eran de cristal con puertas abiertas y ventanas patentes. No había celosías traidoras ni tejados encubridores. Hasta el cielo estaba muy claro y muy sereno, sin nieves de emboscadas y todo el hemisferio muy despejado.

¡Qué diferente región ésta, ponderaba Critilo, de todo lo restante del mundo!

Pero, ¡qué corta corte ésta!, decía Andrenio.

Y el Acertador:

Por eso defendía uno que la mayor corte hasta hoy había sido la de Babilonia. Perdone la triunfante Roma con sus seis millones de habitadores y Pequin en la China, en cuyo centro, puesto en alto un hombre, no descubre sino casas, con ser tan llano su hemisferio.

Estaban ya para entrar, cuando repararon en que muchos y gente de autoridad, antes de meter el pie, hacían una acción bien notable y era calafatearse muy bien las orejas con algodones. Y aun no satisfechos con esto, se ponían ambas manos en ellas y muy apretadas.

¿Qué significa esto?, preguntó Critilo. Sin duda que éstos no gustan mucho de la Verdad.

Antes no hallan otra cosa, respondió el Acertador.

¿Pues para qué es esta diligencia?

Hay un misterio en esto, dijo uno dellos mismos, que lo oyó.