Hay cien cosas á esta traza, que no se pueden explicar de otra manera y así echamos un etcétera, cuando queremos que nos entiendan sin acabarnos de declarar. Y os aseguro que siempre dice mucho más de lo que se pudiera expresar. Hombre hay que habla siempre por etcétera y que llena una carta dellas; pero, si no van preñadas, son sencillas y otras tantas necedades. Por eso conocí yo uno, que le llamaron el licenciado de etcétera, así como á otro el licenciado del chiste. Reparad bien que os prometo que casi todo el mundo es un etcétera.
Gran cifra es ésta, decía Andrenio, abreviatura de todo lo malo y lo peor. Dios nos libre de ella y de que caiga sobre nosotros. ¡Qué preñada y qué llena de alusiones! ¡Qué de historias que toca y todas raras! Yo la repasaré muy bien.
Pues pasemos adelante, dijo el Descifrador.
Otra os quiero enseñar, que es más dificultosa y, por no ser tan universal, no es tan común; pero muy importante.
¿Y cómo la llaman?
Cutildeque. Es menester gran sutileza para entenderla, porque incluye muchas y muy enfadosas impertinencias y se descifra por ella la necia afectación. ¿No oís aquel que habla con eco, escuchándose las palabras con pocas razones?
Sí y aun parece hombre discreto.
Pues no lo es; sino un afectado, un presumido y, en una palabra, él es un Cutildeque. Notad aquel otro, que se compone y hace los graves y los tiesos; aquel otro que afecta misterios y habla por sacramentos; aquel que va vendiendo secretos. Parecen grandes hombres. Pues no lo son; sino que lo querrían parecer. No son sino figuras en cifra de Cutildeque. Reparad en aquel atufadillo, que se va paseando la mano por el pecho y diciendo:
¡Qué gran hombre se cría aquí, qué prelado, qué presidente!
Pues aquel otro, que no le pesa haber nacido, también es Cutildeque. El atildado estase dicho, el mirlado, el abemolado y que habla con la voz flautada, con tonillo de falsete, el ceremonioso, el espetado, el acartonado y otros muchos de la categoría del enfado, todos éstos se descifran por la Cutildeque.