¡Qué docto se quiere ostentar aquél, dijo Andrenio! ¡Qué bien vende lo que sabe!

Señal que es ciencia comprada y no inventada y advierte que no es letrado; más tiene de Cutildeque, que de otras letras. Todos estos atildados afectan parecer algo y al cabo son nada. Y si acertáis á descifrarlos, hallaréis que no son otro que figuras en cifra de Cutildeque.

¡Aguarda!, y aquellos otros, dijo Andrenio, tan alzados y dispuestos, que parece los puso en zancos la misma naturaleza ó que su estrella los aventajó á los demás y así los miran por encima del hombro y dicen: ¡ah de abajo!, ¿quién anda por esos suelos? Éstos sí, que serán muy hombres, pues hay tres y cuatro de los otros en cada uno dellos.

¡Oh, qué mal que lees!, le dijo el Descifrador. Advierte que lo que menos tienen es de hombres. Nunca verás que los muy alzados sean realzados y, aunque crecieron tanto, no llegaron á ser personas. Lo cierto es que no son letras ni hay que saber en ellos, según aquel refrán: hombre largo, pocas veces sabio.

¿Pues de qué sirven en el mundo?

¿De qué? De embarazar. Éstos son una cierta cifra, que llaman zancón y es decir que no se ha de medir uno por las zancas; no por cierto, sino por la testa, que de ordinario lo que echó en éstos la naturaleza en gambas, les quitó de cerbelo; lo que les sobra de cuerpo, les hace falta de alma. Levantan los desproporcionados tercios el cuerpo, mas no el espíritu. Quédaseles del cuello abajo. No pasa tan arriba y así veréis que por maravilla les llega á la boca y se les conoce en la poca sustancia, con que hablan. Mira qué trancos da aquel zancón, que por allí pasa las calles y plazas, anexia, y con todo eso anda mucho y discurre poco.

¡Oh, lo que abarca aquel otro de suelo!, ponderaba Andrenio.

Sí; pero cuán poquito de cielo y, aunque tan alto, muy lejos está de tocar con la coronilla en las estrellas. Destos tales zancones toparéis muchos en el mundo, tendréislos en lo que son, llevando la contracifra. Por otra parte veréis que se paga mucho el vulgo de ellos y más cuanto más corpulentos. Creyendo que consiste en la gordura la sustancia, miden la calidad por la cantidad y, como los ven hombres de fachada, conciben dellos altamente. Llena mucho una gentil presencia. Por poco que favorezca el espíritu, parece uno doblado y más, si es hombre de puesto. Pero ya digo, por lo común, ellos, bien descifrados, no son otros que zancones.

Según eso, dijo Andrenio, aquellos otros sus antípodas, aquellos pequeños y por otro nombre ruincillos, que por maravilla escapan de ahí, aquellos, que hacen del hombre, porque no lo son siquiera por parecerlo, semilla de títeres, moviéndose todos, que ni paran ni dejan parar, amasados con azogue, que todos se mueven, hechos de goznes, gente de polvorín, picantes granos, aquel que se estira, porque no le cabe el alma en la vaina, el otro gravecillo, que afecta el ser persona y nunca sale de personilla, con poco se llena, chimenea baja y angosta, toda es humos: ¿todos éstos sí, que serán letras?

De ningún modo: digo que no lo son.