Otras muchas hay, que llaman de arte mayor: ésas son muy dificultosas, quedarán para otra ocasión.

Ésas, replicó Critilo, que á todo había callado, me holgara yo saber en primer lugar. Porque estas otras, que nos has dicho, los niños las aprenden en la cartilla.

Ahí verás, dijo el Descifrador, que, aun comenzando tan temprano á estudiarlas, tarde llegan á entenderlas. Á los niños los destetan con ellas y los hombres las ignoran. Estudiad por agora éstas y platicad las contracifras, que estas otras yo os ofrezco explicároslas en el arte de discurrir, para que haga pareja con la de concebir.

Desta suerte divertidos, se hallaron sin advertir en medio de una gran plaza, emporio célebre de la apariencia y teatro espacioso de la ostentación, del hacer parecer las cosas, muy frecuentado en esta era, para ver las humanas tropelías y las tramoyas tan introducidas. Hoy vieron á la una y otra hacer á varias oficinas, aunque tenidas por mecánicas, nada vulgares, y más para los entendidos y entendedores. En una estaban dorando cosas varias, yerros de necedades, con tal sutileza, que pasaban plaza de aciertos. Doraban albardas, estatuas, terrones, guijarros y maderos, hasta muladares y albañales. Parecían muy bien de luego; pero con el tiempo caíaseles el oro y descubríase el lodo.

Basta, dijo Critilo, que no es todo oro lo que reluce.

Aquí sí, respondió el Descifrador, que hay que discurrir y bien que descifrar. Creedme que, por más que se quieran dorar los desaciertos, ellos son yerros y lo parecerán después. ¡Querernos persuadir que el matar un príncipe y por su mano, horrible hazaña á sus nobilísimos cuñados, por solas vanas sospechas, entristeciendo todo el reino, que fué celo de justicia! Díganle al que tal escribe que es querer dorar un yerro. ¡Defender que el otro rey no fué cruel ni se ha de llamar así, sino el justiciero! Díganle al que tal estampa que tiene pequeña mano para tapar la boca á todo el mundo. ¡Decir que el perseguir los propios hijos y hacerles guerra, encarcelarlos y quitarles la vida que fué obligación y no pasión! Respóndaseles que, por más que los quieran dorar con capa de justicia, siempre serán yerros. ¡Publicar que el dejamiento y remisión, que ocasionó más muertes de grandes y de señores, que la misma crueldad, que eso nació de bondad y de clemencia! Díganle al que eso escribe que es querer dorar un yerro. Pero poco importa, que el tiempo deslucirá el oro y sobresaldrá el yerro y triunfará la verdad.

Confitaban en otra varias frutas ásperas, acedas y desabridas, procurando con el artificio desmentir lo insulso y lo amargo. Sacáronles una gran fuente destos dulces, que no sólo no recusaron; pero la lograron, diciendo era debido á su vejez. Cebóse en ellos Andrenio, celebrándolos mucho; mas el Descifrador tomando uno en la mano:

¿Veis, dijo, qué bocado tan regalado éste? ¡Pues, si supiésedes lo que es!

¿Qué ha de ser, dijo Andrenio, sino un terrón de azúcar de Gandía?

Pues sabed que fué un pedazo de una insulsa calabaza, sin el picante moral y sin el agrio satírico. Este otro, que cruje entre los dientes, era un troncho de lechuga. Mirad lo que puede el artificio y qué de hombres sin sabor y sin saber se disfrazan desta suerte y tan celebrados por grandes hombres. Confitan su agria condición y su aspereza á los principios. Azucaran otros el no y el mal despacho, enviando al pretendiente, si no despachado, no despechado.