Ésta otra era una naranja palaciega, tan amarga en la corteza, como agria en lo interior. Atended qué dulce se vende con el buen modo. ¡Quién tal creyera! Éstas eran guindas intratables y hanlas conficionado de suerte, que son regalo. Ésta era flor de azar, que ya hasta los azares se confitan y son golosina. Y hay hombres tan hallados con ellos, como Mitridates con el veneno. Aquel tan apetitoso era un pepino, escándalo de la salud, y aquel otro, un almendruco. Que hay gustos, que se ceban en un poco de madera. De modo, que andan unos á cifrar y otros á descifrar y dar á entender.

Junto á éstos estaban los tintoreros, dando raros colores á los hechos. Usaban de diferentes tintas para teñir del color que querían los sucesos y así daban muy bien color á lo más malhecho y echaban á la buena parte lo maldicho, haciendo pasar negro por blanco y malo por bueno. Historiadores de pincel, no de pluma, dando buena ó mala cara á todo lo que querían.

Trabajaban los contraolores, dándole bueno al mismo cieno y desmintiendo la hediondez de sus costumbres y el mal aliento de la boca con el almizcle y el ámbar. Solos á los sogueros celebró mucho el Descifrador, por andar al revés de todos.

En llegando aquí se sintieron tirar del oído y aun arrebatarles la atención. Miraron á un lado y á otro y vieron sobre un vulgar teatro un valiente decitore, rodeado de una gran muela de gente, y ellos eran los molidos. Teníalos en son de presos aherrojados de las orejas, no con las cadenillas de oro del Tebano, sino con bridas de hierro. Éste, pues, con valiente parola, que importa el saberla bornear, estaba vendiendo maravillas.

Agora quiero mostraros, les decía, un alado prodigio, un portento del entender. Huélgome de tratar con personas entendidas, con hombres que lo son. Pero también sé decir que el que no tuviere un prodigioso entendimiento, bien puede despedirse desde luego, que no hará concepto de cosas tan altas y sutiles. Alerta, pues, mis entendidos, que sale una águila de Júpiter, que habla y discurre como tal, que se ríe á lo Zoilo y pica á lo Aristarco. No dirá palabra, que no encierre un misterio, que no contenga un concepto, con cien alusiones á cien cosas. Todo cuanto dirá serán profundidades y sentencias.

Éste, dijo Critilo, sin duda será algún rico, algún poderoso. Que, si él fuera pobre, nada valiera cuanto dijera. Que se canta bien con voz de plata y se habla mejor con pico de oro.

Ea, decía el Charlatán, tómense la honra los que no fueren águilas en el entender, que no tienen que atender. ¿Qué es esto? ¿Ninguno se va? ¿Nadie se mueve?

El caso fué que ninguno se dió por entendido, de desentendido; antes todos por muy entendedores. Todos mostraron estimarse mucho y concebir altamente de sí. Comenzó ya á tirar de una grosera brida y asomó el Mus, estallido de los brutos, que aun el nombrarle ofende.

He aquí, exclamó el Embustero, una águila á todas luces en el pensar, en el discurrir, y ninguno se atreva á decir lo contrario, que sería no darse por discreto.

Sí, juro á tal, dijo uno, que yo le veo las alas, ¡y qué altaneras!; yo le cuento las plumas, ¡y qué sutiles que son! ¿No las veis vos?, le decía al del lado.