¿Pues no?, respondía él, y muy bien.
Mas otro hombre de verdad y de juicio decía:
Juro, como hombre de bien, que yo no veo que sea águila ni que tenga plumas; sino cuatro pies zompos y una cola muy reverenda.
¡Ta, ta!, no digáis eso, le replicó un amigo, que os echáis á perder, que os tendrán por un gran... etc. ¿No advertís lo que los otros dicen y hacen? Pues seguid el corriente.
Juro á tal, proseguía otro varón también de entereza, que no sólo no es águila, sino antípoda de ella. Digo que es un grande... etc.
Calla, calla, le dió del codo otro amigo, ¿queréis que todos se rían de vos? No habéis de decir sino que es águila, aunque sintáis todo lo contrario, que así hacemos nosotros.
¿No notáis, gritaba el Charlatán, las sutilezas que dice? No tendrá ingenio quien no las note y observe.
Y al punto saltó un bachiller, diciendo:
¡Qué bien! ¡Qué gran pensar! ¡La primera cosa del mundo! ¡Oh qué sentencia! Déjenmela escribir. Lástima es que se les pierda un ápice.
Disparó en esto la portentosa bestia aquel su desapacible canto, bastante á confundir un concejo, con tal torrente de necedades, que quedaron todos aturdidos, mirándose unos á otros.