¡Aquí, aquí!, mis entendidos, acudió al punto el ridículo Embustero, ¡aquí de puntillas! ¡Esto sí que es decir! ¿Hay Apolo como éste? ¿Qué os ha parecido de la delgadeza en el pensar, de la elocuencia en el decir? ¿Hay más discreción en el mundo?

Mirábanse los circunstantes y ninguno osaba chistar ni manifestar lo que sentía y lo que de verdad era, porque no le tuviesen por un necio; antes todos comenzaron á una voz á celebrarle y aplaudirle.

Á mí, decía una muy ridícula bachillera, aquel su pico me arrebata: no le perderé día.

Voto á tal, decía un cuerdo así bajito, que es un asno en todo el mundo; pero yo me guardaré muy bien de decirlo.

¡Pardiez, decía otro, que aquello no es razonar, sino rebuznar; pero, mal año para quien tal dijese! Esto corre por ahora. El topo pasa por lince, la rana por canario, la gallina pasa plaza de león, el grillo de jilguero, el jumento de aguilucho. ¿Qué me va á mí en lo contrario? Sienta yo conmigo y hable yo con todos y vivamos, que es lo que importa.

Estaba apurado Critilo de ver semejante vulgaridad de unos y artificio de otros.

¡Hay tal dar en una necedad!, ponderaba.

Y el socarrón del Embustero, á sombra de su nariz de buen tamaño, se estaba riendo de todos y solemnizaba á parte, como paso de comedia:

¡Cómo que te los engaño á todos éstos! ¿Qué más hiciera la encandiladora? Y les hago tragar cien disparates.

Y volvía á gritar: