Ninguno diga que no es así, que sería calificarse de necio.
Con esto se iba reforzando más el mecánico aplauso y hacía lo que todos Andrenio; pero Critilo, no pudiéndolo sufrir, estaba que reventaba y, volviéndose á su mudo Descifrador, le dijo:
¿Hasta cuándo éste ha de abusar de nuestra paciencia? ¿Y hasta cuándo tú has de callar? ¿Qué desvergonzada vulgaridad es ésta?
He, ten espera, le respondió, hasta que el tiempo lo diga: él volverá por la verdad, como suele. Aguarda que este monstruo vuelva la grupa y entonces oirás lo que abominarán dél estos mismos, que le admiran.
Sucedió puntualmente que al retirarse el Embustero, aquel su diptongo de águila y bestia, tan mentida aquélla, cuan cierta ésta, al mismo instante comenzaron unos y otros á hablar claro:
Juro, decía uno, que no era ingenio; sino un bruto.
¡Qué brava necedad la nuestra!, dijo otro.
Conque se fueron animando todos y decían:
¡Hay tal embuste! De verdad que no le oímos decir cosa, que valiese, y le aplaudimos. Al fin, él era un jumento y nosotros merecemos la albarda.
Mas ya en esto volvía á salir el Charlatán, prometiendo otro mayor portento: