Agora sí, decía, que os propongo no menos, que un famoso gigante, un prodigio de la fama: fueron sombra con él Encélado y Tifeo. Pero también digo que el que le aclamare gigante será de buenaventura, porque le hará grandes honras y amontonará sobre él riquezas, los mil y los diez mil de renta, la dignidad, el cargo, el empleo; mas el que no le reconociere jayán, desdichado dél: no sólo no alcanzará merced alguna; pero le alcanzarán rayos y castigos. ¡Alerta todo el mundo!, que sale, que se ostenta, ¡oh, cómo se descuella!
Corrió una cortina y apareció un hombrecillo, que aun encima de una grulla no se divisara. Era como del codo á la mano, un nonada, pigmeo en todo, en el ser y en el proceder.
¿Qué hacéis, que no gritáis? ¿Cómo no le aplaudís? Vocead, oradores; cantad, poetas; escribid, ingenios; decid todos: ¡el famoso, el eminente, el gran hombre!
Estaban todos atónitos y preguntábanse con los ojos:
¿Señores, qué tiene éste de gigante? ¿Qué le veis de héroe?
Mas ya la runfla de los lisonjeros comenzó á voz en grito á decir:
¡Sí, sí, el gigante, el gigante, el primer hombre del mundo! ¡Qué gran príncipe tal! ¡Qué bravo mariscal aquél! ¡Qué gran ministro fulano!
Llovieron al punto doblones sobre ellos. Componían los autores, no ya historias, sino panegíricos, hasta el mismo Pedro Mateo. Comíanse los poetas las uñas para hacer pico. No había hombre, que se atreviese á decir lo contrario; antes todos, al que más podía, gritaban:
¡El gigante, el máximo, el mayor!, esperando cada uno un oficio y un beneficio y decían en secreto allá en sus interioridades:
¡Qué bravamente que miento! Que no es crecido, sino un enano. ¿Pero qué he de hacer? Mas no, sino andaos á decir lo que sentís y medraréis. Deste modo visto yo y como y bebo y campo y me hago gran hombre, mas que sea él lo que quisiere. Y aunque pese á todo el mundo, él ha de ser gigante.