¡Qué cosa es, dijo Critilo, hablar de uno en vida ó después de muerto! ¡Qué diferente lenguaje es el de las ausencias! ¡Qué gran distancia hay del estar sobre las cabezas ó bajo los pies!

No pararon aquí los embustes del Sinón moderno; antes echando por la contraria, sacaba hombres eminentes, gigantes verdaderos, y los vendía por enanos y que no valían cosa, que eran nada y menos que nada. Y todos daban en que sí y habían de pasar por tales, sin que osasen chistar los hombres de juicio y de censura. Sacó la fénix y dió en decir que era un escarabajo. Y todos que sí, que lo era, y hubo de pasar por tal. Pero donde se acabó de apurar Critilo fué cuando le vió sacar un grande espejo y decir con desvergonzado despejo:

Veis aquí el cristal de las maravillas. ¿Qué tenía que ver con éste el del Faro? Si ya no es el mismo, pues hay tradición que sí y lo atestiguó el célebre don Juan de Espina, que le compró en diez mil ducados y le metió al lado del ayunque de Vulcano. Aquí os le pongo delante, no tanto para fiscal de vuestras fealdades, cuanto para espectáculo de maravillas. Pero es de advertir que el que fuere villano, malnacido, de mala raza, hombre vil, hijo de ruin madre, el que tuviere alguna mancha en su sangre, el que le hiciere feeza su esposa bella, que las más lindas suelen salir con tales fealdades, aunque él no lo supiera, pues basta que todos le miren como al toro, ni los simples ni los necios no tienen que llegarse á mirar, porque no verán cosa. ¡Alto!, que le descubro, que le careo. ¿Quién mira? ¿Quién ve?

Comenzaron unos y otros á mirar y todos á remirar y ninguno veía cosa. Mas, ¡oh, fuerza del embuste!, ¡oh, tiranía del artificio! Por no desacreditarse cada uno, porque no le tuviesen por villano malnacido, hijo de... etc., ó tonto, ó mentecato, comenzaron á decir mil necedades de marca:

Yo veo, yo veo, decía uno.

¿Qué ves?

La misma fénix con sus plumas de oro y su pico de perlas.

Yo veo, decía otro, resplandecer el carbunclo en una noche de Diciembre.

Yo oigo, decía otro, cantar el cisne.

Yo, dijo un filósofo, la armonía de los cielos al moverse.