Y se lo creyeron algunos simples. Hombre hubo, que dijo veía el mismo Ente de razón tan claro, que le podía tocar con las manos.

Yo veo el punto fijo de la longitud del orbe.

Yo, las partes proporcionales.

Y yo las indivisibles, dijo un secuaz de Zenón.

Pues yo, la cuadratura del círculo.

Más veo yo, gritaba otro.

¿Qué cosa?

¿Qué cosa? El alma en la palma. Por señas, que es sencillísima.

Nada es todo eso, cuando yo estoy viendo un hombre de bien en este siglo, quien hable verdad, quien tenga conciencia, quien obre con entereza, quien mire más por el bien público, que por el privado.

Á esta traza decían cien imposibles. Y con que todos sabían que no sabían y creían que no veían ni decían verdad, ninguno osaba declararse, por no ser el primero á romper el yelo. Todos agraviaban la verdad y ayudaban al triunfo de la mentira.