¿Para cuándo aguardas tú, le dijo Critilo á su Descifrador, esa tu habilidad, si aquí no la sacas? Ea, acaba ya de descifrarnos este embeleco al uso. Dínos, por tu vida, ¿quién es este insigne embustero?

Éste es..., le respondió; mas al pronunciar esta sola palabra, al mismo punto que le vió mover los labios el famoso Tropelista, que en todo aquel rato no había apartado los ojos dél, temiendo se les descifrase sus embustes y diese con todo su artificio al traste, comenzó á echar por la boca espeso humo, habiendo antes engullido grosera estopa, y vomitó tanto, que llenó todo aquel claro hemisferio de confusión. Y cual suele la jibia, notable pececillo, cuando se ve á riesgo de ser pescado, arrojar gran cantidad de tinta, que tiene recogida en sus senillos y muy guardada para su ocasión, con que enturbia las aguas y escurece los cristales y escapa del peligro, así éste comenzó á esparcir tinta de fabulosos escritores, de historiadores manifiestamente mentirosos. Tanto, que hubo un autor francés entre éstos, que se atrevió á negar la prisión del rey Francisco en Pavía. Y diciéndole ¿cómo escribía una tan desvergonzada mentira?, respondió:

He, que de aquí á docientos años, tan creído seré yo, como ellos. Por lo menos causaré razón de dudar y pondré la verdad en disputa. Que desta suerte se confunden las materias.

No paraba de arrojar tinta de mentiras y fealdades, espeso humo de confusión, llenándolo todo de opiniones y pareceres, con que todos perdieron el tino y sin saber á quién seguir ni quién era el que decía la verdad, sin hallar á quién arrimarse con seguridad, echó cada uno por su vereda de opinar y quedó el mundo bullendo de sofisterías y caprichos. Pero el que quisiere saber quién fuese este embustero político, prosiga en leer la Crisi siguiente.


CRISI V

El palacio sin puertas.

Varias y grandes son las monstruosidades, que se van descubriendo de nuevo cada día en la arriesgada peregrinación de la vida humana.

Entre todas la más portentosa es el estar el Engaño en la entrada del mundo y el Desengaño á la salida. Inconveniente tan perjudicial, que basta á echar á perder todo el vivir.

Porque, si son fatales los yerros en los principios de las empresas, por ir creciendo siempre y aumentándose cuanto más va hasta llegar en el fin á un exorbitante exceso de perdición, errar, pues, los principios de la vida ¿qué será si no un irse despeñando con mayor precipitación de cada día, hasta venir á dar al cabo en un irremediable abismo de perdición y desdicha? ¿Quién tal dispuso y desta suerte? ¿Quién así lo ordenó? Ahora me confirmo en que todo el mundo anda al revés y todo cuanto hay en él es á la trocada.