El Desengaño, para bien ir, había de estar en la misma entrada del mundo, en el umbral de la vida, para que al mismo punto, que el hombre metiera el pie en ella, se le pusiera al lado y le guiara, librándole de tanto lazo y peligro, como le está armado. Fuera un ayo puntual, que siempre le asistiera, sin perderle ni un solo instante de vista. Fuera el numen vial, que le encaminara por las sendas de la Virtud al centro de su felicidad destinada. Pero como, al contrario, topa luego con el Engaño, el primero que le informa de todo al revés, hácele desatinar y le conduce por el camino de la mano izquierda al paradero de su perdición.
Así se lamentaba Critilo, mirando á una y otra parte en busca de su Descifrador, que en aquella confusión universal de humo y de ignorancia, le habían perdido. Mas fuese su suerte que otro, que les estaba oyendo y percibió los estremos de su sentimiento, se fué llegando á ellos y les dijo:
Razón tenéis de quejaros del desconcierto del mundo. Mas no habéis de preguntar quién así lo ordenó, sino quién lo ha desordenado; no quién lo ha dispuesto, sino quién lo ha descompuesto. Porque habéis de saber que el artífice supremo muy al contrario lo trazó de como hoy está, pues colocó el Desengaño en el mismo umbral del mundo y echó el Engaño acullá lejos, donde nunca fuera visto ni oído, donde jamás los hombres le encontraran.
¿Pues quién los ha barajado deste modo? ¿Quién fué aquel tan atrevido hijo de Jafet, que así los ha trastrocado?
¿Quién? Los mismos hombres, que no han dejado cosa en su lugar, todo lo han revuelto de alto á bajo con el desconcierto que hoy le vemos y lamentamos. Digo, pues, que estaba el bueno del Desengaño en la primera grada de la vida, en el zaguán desta casa común del orbe, con tal atención, que en entrando alguno, al punto se le ponía al lado y comenzaba á hablarle claro y desengañarle:
Mira, le decía, que no naciste para el mundo; sino para el cielo. Los halagos de los vicios matan y los rigores de las virtudes dan vida. No te fíes en la mocedad, que es de vidrio. No tienes de qué desvanecerte, le decía al presumido, por tus presentes; vuelve los ojos á tus pasados, reconócelos bien á ellos, para que no te desconozcas á ti. Advierte, le decía al tahur, que pierdes tres cosas, el precioso tiempo, la hacienda y la conciencia. Avisábala de su fealdad á la resabida y de su necesidad á la bella; á los varones de prendas, de su corta ventura, y á los venturosos, de sus pocos méritos; al sabio, de su desestimación y de su incapacidad al poderoso. Al pavón le acordaba el potro de sus pies, y al mismo sol sus eclipses. Á unos su principio, á otros su paradero. Á los empinados su caída y á los caídos su merecido.
Andábase de unos en otros estrellando verdades. Decíale al viejo que tenía todos los sentidos consentidos y al mozo que sin sentir; al español que no fuese tan tardo y al francés que no se moviese tan de ligero; al villano que no fuese malicioso y al cortesano, adulador. No se ahorraba con ninguno. Pues, aunque fuera un gran señor, le avisaba que no le caía bien el vos con todos, que podría tal vez descuidarse con su príncipe y hablarle del mismo modo ó tan sin él. Y á otro, que siempre estaba de chanza, le advirtió que podría ser le llamasen el Duque de Bernardina.
Traía el espejo cristalino del propio conocimiento muy á mano y plantábasele delante á todos. No gustaba desto el malcarado y menos el mascarado ni el tuerto ni el boquituerto, el cano, el calvo. Decíale á uno que le bobeaba el gesto y al otro que tenía ruin fachada. Las feas le hacían malísima cara y las viejas le paraban arrugado ceño.
Hízose con esto malquisto en cuatro días y á cuatro verdades tan aborrecible, que no le podían ver. Comenzaron á darle de mano y aun del pie. Buenos porrazos asentó él de verdades; pero también se llevó malos empellones de enfados. Éste le arrojaba á aquél y aquél al otro de más allá, hasta venir á dar con él en la vejez, acullá en el remate de la vida. Y si pudieran más lejos, aun allí no le dejaran parar.
Al contrario, lisonjeados grandemente del Engaño, aquel plausible hechicero, comenzaron á tirar dél, cada uno hacia sí, hasta traerlo al medio de la vida y de allí poco á poco á los principios de ella. Con él comienzan, con él prosiguen. Á todos les venda los ojos, jugando con ellos á la gallina ciega, que no hay hoy juego más introducido. Todos andan desatinados, dando de ojos de vicio en vicio, unos ciegos de amor, otros de codicia, éste de venganza, aquél de su ambición y todos de sus antojos, hasta que llegan á la vejez, donde topan con el Desengaño.