Mas pregunto, dijo Critilo, ¿procede de arte ó naturaleza?

Mi industria me cuesta y advierte que todas estas artes son de calidad, que se pegan platicando con quien las tiene.

Yo la renuncio desde luego, dijo Andrenio; no trato de ser zahorí.

¿Por qué no?

Porque tú no has dicho lo malo que tiene.

¿Qué le hallas tú de malo? ¿No es harto aquello de ver los muertos en sus sepulcros, aunque estén metidos entre mármoles ó siete estados bajo tierra, aquellas horribles cataduras, hormigueros de sabandijas, visiones de corrupción?

Quita allá y líbreme Dios de tan trágico espectáculo, aunque sea de un rey. Dígote que no podría comer ni dormir en un mes.

¡Qué bien lo entiendes! Ésos, nosotros no los vemos, que allí no hay que ver, pues todo paró en tierra, en polvo, en nada. Los vivos son los que á mí me espantan; que los muertos nunca me dieron pena. Los verdaderos muertos, que nosotros vemos y huímos, son los que andan por su pie.

Si muertos, ¿cómo andan?

Ahí verás que andan entre nosotros y arrojan pestilencial olor de su hedionda fama, de sus gastadas costumbres. Hay muchos ya podridos, que les huele mal el aliento; otros, que tienen roídas las entrañas, hombres sin conciencia, hembras sin vergüenza, gente sin alma; muchos, que parecen personas y son plazas muertas. Todos éstos sí que me causan á mí grande horror y tal vez se me espeluzan los cabellos.