¿Según esto, replicó Critilo, también debes de ver lo que se cocina en cada casa?

Sí, y á fe, muchos malos guisados. Veo maldades emparedadas que se cometen en los más escondidos retretes, fealdades arrinconadas que se echan luego á volar por las ventanas y andan de corrillo en corrillo corriendo á sus avergonzados dueños. Sobre todo, yo veo si uno tiene dinero y me río muchas veces de ver que algunos los tienen por ricos, por hombres adinerados y poderosos y yo sé que es su tesoro de duendes y sus baúles como los del Gran Capitán y aun sus cuentas. Á otros veo tenerlos por unos pozos de ciencia y yo llego y miro y veo que son secos. Pues de bondad, asegúroos que no veo la mitad. Así que no hay para mi vista cosa reservada ni escondida. Los billetes y las cartas, por selladas que estén, las leo y atino lo que contienen, en viendo para quién van y de quién vienen.

Ahora no me espanto, decía Critilo, que oigan las paredes y más las de palacio, entapizadas de orejas. Al fin todo se sabe y se huele.

¿Qué ves en mí?, le preguntó Andrenio. ¿Hay algo de sustancia?

Eso no diré yo, respondió el Zahorí, porque, aunque todo lo veo, todo lo callo, que quien más sabe suele hablar menos.

Procedían gustosamente embelesados, viéndole hacer maravillosas experiencias, cuando descubrieron á un lado del camino un estraño edificio, que en lo encantado parecía palacio y en lo ruidoso casa de contratación y en lo cerrado brete. No se le veían ventanas, ni puertas.

¿Qué diptongo de estancia es ésta?, preguntaron.

Y el Zahorí:

Éste es el escándalo mayor.

Pero al decir eso salió dél sin que advirtiese cómo ni por dónde un monstruo, sobre raro, formidable, mezcla de hombre y caballo, de aquellos que los antiguos llamaban centauros. Éste en dos brincos estuvo sobre ellos y, formando algunos caracoles, se fué arrimando á Andrenio y, asiéndole de un cabello, que para ocasión basta y para afición sobra, metióle á las ancas de aquel su semicaballo con alas, que todos los males vuelan, y en un instante dió la vuelta para su laberinto corriente y confusión al uso. Dieron voces los camaradas; mas en vano, porque dejaba atrás el viento y del mismo modo que saliera, sin saberse cómo ni por dónde, le metió allá, dejándole muy encastillado en nuevas monstruosidades.