¡Hay tal violencia!, se lamentaba Critilo. ¿Qué casa ó qué ruina es ésta?

Y el Zahorí suspirando le respondió:

No es edificio, sino desedificación de tanto pasajero, casa hecha á cien malicias, bajío de la vejez, seminario de embustes y, para decirlo de una vez, éste es el palacio de Caco y de sus secuaces, que ya no habitan en cuevas.

Diéronle muchas vueltas, sin poder distinguir la frente del envés. Rodeáronle todo muchas veces, sin poderle hallar entrada ni salida. Sonaban y aun tonaban los de dentro y aseguraba Critilo que sentía la voz de Andrenio, mas no percibía lo que decía ni descubría por donde podía haber entrado, afligiéndose en gran manera y desconfiando de poder penetrar allá.

Ten pecho y espera, le dijo el Zahorí, y advierte que con gran facilidad habemos de entrar bien presto.

¿Cómo, si no se le conocen entradas ni salidas ni un resquicio ni una rendrija?

Ahí verás el primor de la industria cortesana. ¿No has visto tú entrar á muchos en los palacios sin saberse cómo ni por dónde y apoderarse de ellos y llegar á mandarlo todo? ¿No viste en Inglaterra introducirse un hijo de un carnicero á hacer carnicería de sangre noble, en Francia un cierto Noves á llevar al retortero los mismos pares? Nunca has oído preguntar á algunos simples: Señores ¿cómo entró aquél en Palacio, cómo consiguió el puesto y el empleo, con qué méritos por qué servicios? Y todo hombre encoge los hombros, cuando ellos se desencogen y hombrean. Yo tengo de introducirte en él.

¿Cómo, no siendo mozo vergonzoso ni venturoso?

Pues tú has de entrar como Pedro por Huesca.

¿Qué Pedro fué ése?