¡Oh, sí!, respondió el varón de sesos, porque has de saber que también los militares pabellones son oficinas de los hombres grandes, no menos valerosos que entendidos. Apréndese mucho en ellos. Dígalo el marqués de Grana y Carreto. Porque ahí se sabe, no tanto de capricho, cuanto de experiencia. Aquélla es la del Gran Capitán, á quien dió lugar entre los reyes el de Francia, diciendo:

Bien puede comer con reyes el que vence reyes.

Fué tan cortesano como valiente, de tan gran brazo como ingenio, plausible en dichos y en hechos. Aquella otra es del duque de Alba, escuela de la prudencia y experiencia, así como su casa en la paz era el paradero de los grandes hombres y por eso tan recomendada de Juan de Vega á su hijo, cuando le enviaba á la Corte.

¿Qué otro modelo de edificios sabios son aquéllos, no suntuosos, pero honorosos?

Ésos, dijo, no son alojamientos de Marte, albergues sí de Minerva. Ésos son los colegios mayores de las más célebres universidades de la Europa. Aquellos cuatro son los de Salamanca, aquel otro el de Alcalá y el de más allá San Bernardino de Toledo, Santiago el de Huesca, Santa Bárbara en París, los Albornoces de Bolonia y Santa Cruz de Valladolid. Oficinas todas donde se labran los mayores hombres de cada siglo, las columnas que sustentan después los reinos, de quienes se pueblan los consejos reales y los parlamentos supremos.

¿Qué ruinas son aquellas tan lastimosas, cuyas descompuestas piedras parecen estar llorando su caída?

Esas, que ahora lloran, en algún tiempo y siempre de oro, sudaban bálsamo oloroso y, lo que es más, distilaban sudor y tinta. Ésos fueron los palacios de los plausibles duques de Urbino y de Ferrara, asilos de Minerva, teatro de las buenas letras, centro de los superiores ingenios.

¿Qué es la causa, preguntó Critilo, que no se ven anidar ya como solían las águilas en tantos reales asilos?

No es porque no las haya, sino que no hay un Augusto para cada Virgilio, un Mecenas para cada Horacio, un Nerva para cada Marcial y un Trajano para cada Plinio. Creedme que todo gran hombre gusta de los grandes hombres.

Mayor reparo es el mío, dijo Andrenio, y es cuál sea la causa que los príncipes se pagan más y les pagan también á un excelente pintor, á un escultor insigne, y los honran y premian mucho más, que á un historiador eminente, que al más divino poeta, que al más excelente escritor. Pues vemos que los pinceles sólo retratan el exterior; pero las plumas el interior. Y va la ventaja de uno á otro, que del cuerpo al alma. Exprimen aquéllos, cuando mucho, el talle, el garbo, la gentileza y tal vez la fiereza; pero éstas, el entendimiento, el valor, la virtud, la capacidad y las inmortales hazañas. Aquéllos les pueden dar vida por algún tiempo, mientras duraren las tablas ó los lienzos, ya sean bronces; mas estas otras por todos los venideros siglos, que es inmortalizarlos. Aquéllos los dan á conocer, digo á ver á los pocos que llegan á mirar sus retratos; mas éstas á los muchos que leen sus escritos, yendo de provincia en provincia, de lengua en lengua y aun de siglo en siglo.