¿Y á quién destierran? ¿Acaso al Arrepentimiento, que no tiene cabida donde hay cordura, ó á tu grande enemiga la propria Satisfación? ¿Publícase la guerra contra la envidiosa Fortuna?

Nada de eso es, les respondieron, sino una crítica reforma de los comunes refranes.

¿Cómo puede ser eso, replicó Andrenio, si están hoy tan recibidos, que los llaman Evangelios pequeños?

Recibidos ó no, llegaos y oid lo que el pregonero vocea.

Atendieron curiosos y, después de haber prohibido algunos, oyeron que proseguía así:

Item más mandamos que ningún cuerdo en adelante diga que quien tiene enemigos no duerma; antes lo contrario, que se recoja temprano á su casa, se acueste luego y duerma, que se levante tarde y no salga de su casa hasta el sol salido.

Item que nunca más se diga, que quien no sabe de abuelo no sabe de bueno; antes bien que no sabe de malo, pues no sabe que fué un mecánico sombrerero, un carnicero, un tundidor y otras cosas peores.

Que ninguno sea osado decir que los casamientos y las riñas de prisa, por cuanto no hay cosa que se haya de tomar más de espacio que el irse á matar y casar y se tiene por constante que los más de los casados, si hoy hubieran de volver, lo pensaran mucho. Y como decía aquél: Dejádmelo pensar cien años.

También se prohibe el decir que más sabe el necio en su casa, que el sabio en la ajena, pues el sabio dondequiera sabe y el necio dondequiera ignora.

Sobre todo que ninguno de hoy más se atreva á decir no me den consejos, sino dineros, que el buen consejo es dineros y vale un tesoro y al que no tiene buen consejo no le bastará una India ni aun dos.