Quien quisiere mula sin tacha, estése sin ella: bobería; más fácil es quitársela.
El que da presto, da dos veces no está bien entendido; no sólo dos, pero tres y cuatro. Porque en dando, luego le vuelven á pedir y él á dar, con que, mientras el duro da una vez, el liberal da cuatro.
Desta suerte fué prosiguiendo el pregonero en prohibir otros muchos, que nuestros peregrinos, cansados de tal prolijidad, remitieron al examen de los entendidos y también porque les dió priesa el Sesudo, para que llegasen á la oficina mayor, donde se refinaba el seso y se afinaba la sindéresis. El cómo y dónde, quedarse ha para la otra Crisi.
CRISI VII
La hija sin padre en los desvanes del mundo.
Opinaron algunos sabios que con ser el hombre la obra más artificiosa y acabada, le faltaban aún muchas cosas para su total perfección. Echóle uno menos la ventanilla en el pecho, otro un ojo en cada mano, éste un candado en la boca y aquél una amarra en la voluntad; mas yo diría faltarle una chiminea en la coronilla de la cabeza y algunos dos, por donde se pudiesen exhalar los muchos humos, que continuamente están evaporando del cerebro. Y esto mucho más en la vejez. Que si bien la considera, no hay edad, que no tenga su tope, y alguna dos y la vejez ciento.
Es la niñez ignorante, la mocedad desatenta, la edad varonil trabajada y la senectud jactanciosa. Siempre está humeando presunciones, evaporando jactancias, cebando estimaciones y solicitando aplausos. Como no hallan por dónde exhalarse estos desapacibles humos, sino por la boca, ocasionan notable enfado á los que les oyen y mucha risa, si son cuerdos.
¿Quién creyera que Andrenio y mucho menos Critilo, recién caldeados en las oficinas de la cordura, frescamente salidos de darse un baño moral de prudencia y atención, habían de errar jamás las sendas de la virtud, las veredas de la entereza? Pero así como dentro de la más fina grana se engendra la polilla, que la come, y en las entrañas del cedro el gusano, que le carcome, así de la misma sabiduría nace la hinchazón, que la desluce, y en lo más profundo de la prudencia la presunción, que la desdora.
Iban, pues, ambos peregrinos en compañía del varón de sesos, encaminándose á Roma y acercándose á su deseada Felisinda. No acababan de celebrar los prodigios de cordura, que habían hallado en ellos palacios del coronado saber, aquellos grandes hombres, forjados todos de sesos y aquellos otros de quienes se pudiera sacar zumo para otros diez y sustancia para otros veinte; los verdaderos gigantes del valor y del saber, los fundadores de las monarquías, no confundidores, los de cien orejas para las noticias y de cien manos para las ejecuciones; aquel estraño modo de cocer los sujetos grandes en cincuenta y sesenta otoños de ciencia y experiencia. Aquí vieron formar un gran rey y cómo le daban los brazos del emperador Carlos Quinto, la testa de Felipe Segundo y el corazón de Felipe Tercero y el celo de la religión católica del rey don Felipe Cuarto. Íbales dando las últimas liciones de cordura.