Advertid, les decía, que por una de cuatro cosas llega un hombre á saber mucho, ó por haber vivido muchos años ó por haber caminado muchas tierras ó por haber leído muchos y buenos libros, que es más fácil, ó por haber conversado con amigos sabios y discretos, que es más gustoso.
Por último primor de la cordura les encargó la española espera y la sagacidad italiana. Sobre todo, que atendiesen mucho á no errar las principales y mayores acciones de la vida, que son como las llaves del ser y del valer.
Porque mirad, les decía, que un hombre pierda un diente ó una uña, y aunque sea un dedo, poco importa, fácilmente se suple ó se disimula; pero aquello de perder un brazo, tener un ojo menos, mancarse de una pierna, ésa sí que es gran tacha. Adviértese mucho, que afea toda la persona. Pues así digo que un hombre yerre una acción pequeña, no hace mucho al caso, fácilmente se disimula; pero aquello de errar las mayores acciones de la vida, las principales ejecuciones, en que va todo el ser, las partes sustanciales, eso sí que monta mucho, que es un cojear la honra, afear la fama y un deformar toda la vida.
Esto iban repasando, cuando vieron que en medio del camino real estaban batallando dos bravos guerreros y, no sólo contendiendo de palabra, sino muy de obra, haciéndose el uno al otro valientes tiros á toda oposición. Aquí el sesudo guión hizo alto y, por evitar el empeño, les pidió licencia de retirarse á sagrado y volverse á su centro, que dijo ser el retrete de la prudencia; mas ellos, asiendo dél fuertemente, le suplicaron no los dejase y menos en aquella ocasión, antes bien que apresurasen todos tres el paso hacia los dos combatientes, para despartirlos y detenerlos.
No hagáis tal, les dijo, que el que desparte suele siempre llevar la peor parte.
Porfiaron ambos, encaminándose á la pendencia y llevándole á él asido en medio. Cuando llegaron cerca y creyeron hallarlos muy malparados y aun heridos de muerte de sus mismos hierros, advirtieron que no les salía gota de sangre ni les faltaba el menor pelo de la cabeza.
Sin duda que estos guerreros, dijo Andrenio, están encantados y que son otros horrilos, que no pueden morir, sino es que les corten un cierto cabello de la cabeza, que suele ser el de la ocasión, ó les atraviesen la planta del pie, como fundamento de la vida, según lo discurre el ingenioso Ariosto, no bien entendido hasta hoy: perdónenme sus italianos ingenios.
Ni es eso ni esotro, respondió el Sesudo; ya yo atino lo que es. Sabed que este primero es uno de aquellos, que llaman insensibles, de los que nada les hace mella, nada les empece, ni los mayores reveses de la fortuna ni los tajos de la propia naturaleza ni los mandobles de la ajena malignidad. Aunque todo el mundo se conjure contra ellos, no los sacará de su paso. No por eso dejan de comer ni pierden el sueño y dicen que es indolencia y aun magnanimidad.
¿Y este otro, preguntó Andrenio, de tan gentil corpulencia, tan grueso y tan hinchado?
Ése es, le respondió, de otro género de hombres, que llaman fantásticos y entumecidos, que tienen el cuerpo aéreo. No es aquella verdadera y sólida gordura; sino una hinchazón fofa. Y se conoce en que, si los hieren, no les sacan sangre, sino viento, haciendo más caso de la reputación que pierden, que de la herida que reciben.