¿Quién tal dice?, replicó Critilo. Cuanto más anciano uno, es más hombre, y cuanto más hombre, debe anhelar más á la honra y á la fama. No se ha de alimentar de la tierra, sino del cielo. No vive ya la vida material y sensual de los mozos ó los brutos, sino la espiritual y más superior de los viejos y los celestes espíritus. Goce de los frutos de la gloria, conseguidos con los afanes de tanta pena, corónese el trabajo de las demás edades con las honras de la senectud.
Todo el precioso día gastaron en su necia altercación, asistiéndoles á cada uno su padrino, á Critilo el Vano, y á Andrenio el Poltrón, sin poderse ajustar; antes estuvieron al canto de dividirse, echando por su opinión cada uno. Mas Andrenio, porque no se dijese que siempre tomaba la contraria y quería salir con la suya, se dobló esta vez, diciendo que se rendía más al gusto de Critilo, que al acierto. Comenzóles á guiar el Fantástico y á seguirles el Ocioso, en fe de que les conduciría después á su paraje, no contentándoles el que emprendían, como lo tenía por cierto. Á pocos pasos descubrieron un empinado monte, con toda propiedad soberbio, y comenzó á celebrarse el Desvanecido, dándose todos los epítetos de grandeza.
Mirad, decía, ¡qué excelencia, qué eminencia, qué alteza!
¿Y dónde te dejas lo serenísimo?, replicó el Ocioso.
Coronaba su frente un extravagante edificio, pues todo él se componía de chimeneas, no ya siete solas, sino setecientas, y por todas no paraba de salir espeso humo, que en altivos penachos se esparcía al aire, y todos se los llevaba el viento.
¡Qué perennes voladores aquéllos!, ponderaba Critilo.
¡Y qué enfadosa estancia!, decía Andrenio. ¿Quién puede vivir en ella? De mí digo, que ni un cuarto de hora.
¡Qué bien lo entiendes!, respondió el Jactancioso; antes aquella es la vivienda propia de los muy personas, de los estimados y aplaudidos.
Había chimeneas de todos modos, unas á la francesa, muy disimuladas y angostas; otras á la española, muy campanudas y huecas, para que aun en esto se muestre la natural antipatía de estas dos naciones, opuestas en todo, en el vestir, en el comer, en el andar y hablar, en los genios é ingenios.
¿Veis allí, les decía el Vano, el alcázar más ilustre del orbe?