¿De qué suerte?, replicó Andrenio.
Y el Ocioso:
Mejor dijeras el más tiznado, el más curado con tanta humareda.
¿Pues hay hoy en el mundo cosa que más valga ni más se busque que el humo?
¿Qué dices? ¿Y para qué puede valer, sino para tiznar el rostro, hacer llorar los ojos y echar á un cuerdo de su casa y aun del mundo?
¿Quién tal discurre? No sólo no huyen dél las personas; sino que se andan tras él. Hombre hay, que por un poco de humo dará todo el oro de Génova, que no ya de Tíbar. Yo le ví dar á uno más de diez mil libras de plata por una onza de humo. Dicen que es hoy el mayor tesoro de algunos príncipes y que les vale una India, pues con él pagan los mayores servicios y con él contentan los más ambiciosos pretendientes.
¿Cómo es eso, que con humo les pagan? ¿Cómo es posible?
Sí, porque ellos se pagan de él. ¿Nunca has oído decir que con el humo de España se luce Roma? ¿Sabes tú qué cosa es tener un caballero humos de título y su mujer de condesa y de marquesa y que les llamen señoría? ¿Humos de mariscal, de par de Francia, de grande de España, de palatino de Alemania, de baiboda de Polonia? ¿Piensas tú que se estiman en poco estas penacheras, tremolando al aire de su vanidad? Con este humo de la honrilla se alienta el soldado, se alimenta el letrado y todos se van tras él. ¿Qué piensas tú que fueron y son todas las insignias, que han inventado, ya el premio, ya la ambición, para distinguirse de los demás, las coronas romanas cívicas ó murales de encina ó grama, las cidaris persianas, los turbantes africanos, los hábitos españoles, las jarreteras inglesas y las bandas blancas? Un poco de humo, ya colorado, ya verde y de todas maneras y en todas partes plausible.
Íbanse encaramando por aquellas alturas y subidas con buen aire y mucho aliento, cuando se sintió un extraordinario ruido dentro en el humoso palacio.
¿Y esto más?, ponderó Andrenio. ¿Sobre humo ruido? Parece cosa de herrería de modo, que ya tenemos dos de aquellas tres cosas, que basta cada una á echar un cuerdo de sus casillas.