También eso, acudió el Vano, es de las cosas más acreditadas y pretendidas en el mundo.
¿El ruido estimado?, replicó Andrenio.
Sí, porque aquí toda es gente ruidosa, todos se pican de hacer ruido en el mundo y que se hable de ellos. Para esto se hacen de sentir y hablan alto, hombres plausibles, hembras famosas, sujetos célebres. Que, si no es de ese modo, no se hace caso de un hombre en el mundo. Que, en no llevando el caballo campanillas ni cascabeles, nadie se vuelve á mirarle, el mismo toro le desprecia. Aunque sea el hombre de más importancia, si no es campanudo, no vale dos chochos. Por docto, por valiente que sea, en no haciendo ruido, no es conocido ni tiene aplauso ni vale nada.
Reforzábase por puntos la vocería, que pareció hundirse el teatro de Babilonia.
¿Qué será esto?, preguntó Critilo. Aquí alguna grande novedad hay.
Es que vitorean algún gran sujeto, dijo el Fantástico.
¿Y quién será el tal? Acaso algún insigne catedrático, algún vitorioso caudillo, decía Andrenio.
No tanto como eso, respondió con mucha risa el Ocioso; en menos se emplean ya los vítores de estos tiempos. No será, sino que habrá dicho alguna chancilla de las que se usan algún farsante ó habrá recitado de buen aire su papel y ésa es la celebridad.
¡Hay tal fruslería!, exclamaron. De modo ¿que éstos son los vítores de agora?
Basta, que se celebra hoy más una chanza, que una hazaña. Todos cuantos vienen de unas partes y otras no traen otro, que referirnos, sino el cuentecillo, el chiste, la chancilla, y con eso pasan y se deslumbran los males. Más sonada es una tramoya, que una estratagema. Solemnizábanse en otro tiempo las graves sentencias, los heroicos dichos de los príncipes y señores; pero ahora la frialdad del truhán y el chiste de la cortesana.