Comenzó á resonar por todas aquellas raridades del aire un bélico clarín, alborozando los espíritus y realzando los ánimos.
¿Qué es esto?, preguntó Andrenio. ¿Á qué toca este noble instrumento, alma del aire, aliento de la fama? ¿Despierta acaso á dar alguna insigne batalla ó á celebrar el triunfo de alguna conseguida vitoria?
Que no será eso, respondió el Ocioso; ya yo adivino lo que es, por la experiencia que tengo. Habrá pedido de beber algún cabo, algún señorazo de los muchos, que aquí yacen.
¿Qué dices, hombre?, se impacientó Critilo. Dí que ha ejecutado alguna inmortal hazaña, dí que ha triunfado gloriosamente, que toca á beber la sangre de los enemigos; y no digas que brinda el otro en el banquete, que es afrenta vil emplear en acciones tan civiles las sublimes trompas del aplauso, reservadas á la heroica fama.
Estaban ya para entrar, cuando se divirtió Andrenio en mirar la ostentosa pompa del arrogante edificio.
¿Qué miras?, dijo el Fantástico.
Miraba, respondió él, y aun reparaba que para ser ésta una casa tan majestuosa y un tanto monta de todas las ilustres casas, con tantas y tan soberbias torres, que dejan muy abajo á las de la imperial Zaragoza y ocupan esas regiones del aire, parece que tiene poco fundamento y ése flaco y falso.
Rióse aquí mucho el Ocioso, que siempre iba picándoles á la retaguardia.
Volvióse Andrenio y en amigable confianza le preguntó si sabía de quién era aquel alcázar y quién le habitaba.
Sí, dijo, y más de lo que quisiera.