Puntualmente, ella misma. La que, siendo hija de la nada, presume ser algo y mucho y todo. ¿No reparáis qué huecos, qué entumecidos entran todos cuantos vienen, sin tener de qué ni saberse por qué? Antes bien, teniendo muchas causas de confundirse. Que, si ellos oyesen lo que los otros dicen, se hundirían siete estados bajo tierra. Que, como yo suelo ponderar, las más veces entra el viento de la presunción por los resquicios por donde había de salir. Que hacen muchos vanidad de lo que debieran humillación.
Mas id ya reprimiendo la risa, que hallaréis bien donde emplearla.
Entraron y volviendo la mira á todas partes, no hallaban dónde parar. No se veían en toda aquella gran concavidad ni columnas firmes, que la sustentasen, ni salones reales ni cuadras doradas, que la enriqueciesen, como se ven en otros palacios; sino desvanes y más desvanes, huequedades sin sustancia, bóvedas con mucha necedad. Todo estaba vacío de importancia y relleno de impertinencia. Encaminólos el Desvanecido al primer desván tan espacioso y estendido como hueco y al punto los emprendió un cierto personaje, diciéndoles:
Señores míos, cosa sabida es que el señor conde Claros, mi tartarabuelo paterno, casó...
Aguardad, señor, le dijo Critilo: mirad no fuese el conde Oscuros, cuando no hay cosa más escura que los principios de las prosapias. Á Alciato con eso en su Emblema de Proteo, donde pondera cuán oscuros son los cimientos de las casas.
Por línea recta, decía otro, probaré yo descender del señor infante don Pelayo.
Eso creeré yo, dijo Andrenio: que los más linajudos suelen venir de Pelayo en lo pelón, de Laín en lo calvo y de Rasura en lo raído.
Estuvo precioso otro, que hacía vanidad de que en seiscientos años no había faltado varón en su casa, por no decir macho.
Riólo mucho Andrenio y díjole:
Señor mío, eso cualquier pícaro lo tiene. Y si no, veamos los esportilleros ¿descienden acaso de hombres ó de duendes? Desde Adán acá venimos todos de varón en varón, que no de trasgo en trasgo.