Yo, decía una muy desvanecida, en verdad que vengo, y sépalo todo el mundo, de mi señora la infanta doña Toda.

Poco le aprovecha eso, señora doña Calabaza, si vuestra señoría es doña Nada.

Blasonaban muchos su casa de solar y ninguno contradecía. Hombre hubo de tan estraño capricho, que enfilaba su ascendencia de Hércules Pinario; que eso de el Cid y de Bernardo es de ayer. Y le averiguaron, curiosos de enfadados, que no descendía sino de Caco y de su mujer doña Etcétera.

Que no son hidalguillos los míos, decía otra impertinentísima; sino un muy de los gordos.

Y respondiéronla:

Y aun de los hinchados.

¿Qué bravo desván éste?, ponderaba Critilo. ¿No sabríamos cómo le nombran?

Respondiéronle que aquélla era la sala del aire.

Y lo creo, que no corre otro en el mundo.

De la mejor cepa del reino, decía uno.