Según eso, no será de blanco ni tinto; sino moscatel.

Toparon un grande personaje, que estaba sacando un grande árbol de su genealogía, que eso de cepas es niñería. Iba injiriendo ramas de acá y de acullá y, después de haberse enramado mucho, paró todo en hojarascas, sin género de fruto.

Desengáñense, dijo el Jactancioso, que no hay más casa en el mundo que la de Enríquez.

Buena es ésa, respondió el Ocioso; pero aténgome á la de Manrique.

Sí, es más rica.

Lo que solemnizaron mucho fué ver fijar á muchos grandes escudos de armas á las puertas de sus casas, cuando no había un real dentro. Por eso decía aquél que no hay otra sangre que la real y mis armas son reales. En esto de los escudos de armas había donosas quimeras. Porque unos los llenaban de árboles y pudieran de troncos, otros de fieras y pudieran de bestias, de torres de viento muchos y todo era Babilonia. Valía allí un tesoro un cuarto de hierro, porque decían ser vizcaíno, á pesar de el Búho gallego, frío, infausto y de mal pico.

¿No notáis, decía el Poltrón, las colas, que añaden todos á sus apellidos: González de tal, Rodríguez de cual, Pérez de allá y Fernández de acullá? ¿Es posible que ninguno quiere ser de acá?

Procuraban todos injerirse en buenos troncos y de buen tamaño, unos á púa, otros á escudete. Jactábanse algunos descender de las casas de los ricos hombres y era verdad, porque ascendieron primero por los balcones y ventanas.

No se vuelve colorada mi sangre, decía un gentilhombre.

Y respondióle otro: