Tenían muy medidas las cortesías, ¡ojalá las acciones! contados los pasos, que habían de dar al entrar y al salir, ¡así tuvieran ajustados los que daban en el vicio! Todo su cuidado ponían en los cumplimientos, ¡ojalá en las costumbres! Todo su estudio en estos puntos, metiendo en ello grandes metafísicas, á quién habían de dar asiento y á quién no, dónde y á qué mano: que, si no fuera por esto, no supieran muchos cuál era su mano derecha. Causóle gran risa á Andrenio, haciendo gusto del enfado, ver amo, que estaba en pie todo el día, cansado y aun molido, manteniendo la tela de su impertinencia.

¿Por qué no se sienta este señor, preguntó, siendo tan amigo de su comodidad?

Y respondiéronle:

Por no dar asiento á los otros.

¡Hay tal impertinencia! ¡De modo que, porque no se sienten los demás delante dél, él tampoco se sienta delante de ellos! Y es lo bueno que se conciertan los tacaños en darle chasco, yéndose unos y viniendo otros, con que no están en pie media hora, y á él le tienen así todo el día.

¿Y aquel otro por qué no se cubre, que se está helando el mundo?

Porque no se cubran delante dél.

Ésa sí que es una gran frialdad, pues él, como más delicado, estando todo el día descubierto, recoge un romadizo, con que por hacer del grave vendrá á ser el mocoso.

Si daban silla á alguno, después de bien escrupuleada, y el tal quería acercarse para pregonar lo que pedía secreto, sentía que se la detenía el paje por detrás, como diciendo: non plus ultra. Y de verdad que las más veces será conveniencia, ya para no sentir el mal olor del afeite, cuidadoso della, ya del achaque, descuidado dél. En esto de las cortesías acontecía desayunarse cada mañana con un par de enfados. Porque había algunos de bravo humor, que se iban todo el día de casa en casa, de estrado en estrado, dándoles valientes sustos, escaseándoles la señoría, cercenándoles la excelencia. Que por eso dijo bien una que la pregmática de poderles dar señoría ó excelencia había sido ciencia para hacerles muchos desaires. Al contrario otro, cuando les iba á hablar, por haberles menester, llevaba consigo un gran saco de borra y, preguntándole para qué aquella prevención, respondió:

De borra de cumplimientos, de paja de lisonjas y cortesías, cuanto quisieren, á hartar: que me cuesta poco y me vale mucho. Y más, cuando voy por mi negocio á pedir ó pretender, vacío mi saco de señorías y llénole de mercedes.