Pero donde fué ya poco la risa y llegó á irrisión, donde Critilo exclamó diciendo: ¡Oh, Demócrito! ¿y dónde estás?, fué al ver la afectada femenil divinidad. Porque, si ellos son vanos, ellas desvanecidas, mas siempre andan por estremos.

No hay ira, dijo el Sabio, sobre la de la mujer.

Y podría añadirse ni soberbia. Sola una tiene desvanecimiento por diez hombres. Bien pueden ser ellos camaleones del viento; pero á fe que son ellas piraustas de la humareda. Estaban endiosadas en tronos de borra, sobre cojines de viento, más huecas que campanas, moviendo aprisa los abanicos, como fuelles de su hinchazón, papando aire, que no pueden vivir sin él. Si caminaban, era sobre corcho. Si dormían, en colchones de viento ó pluma. Si comían, azúcar de viento. Si vestían, randas al aire, mantos de humo y todo huequedad y vanidad. Más profanas, cuando más superiores. Adoradas de los serviles criados, que desta desvanecida adoración les debieron llamar gentiles hombres, que no de su gallardía. No se comunicaban con todas, sino con otras como ellas.

Mi prima la duquesa, mi sobrina la marquesa. En no siendo princesa, no hay que hablar. Traedme la taza del duque, el anis del almirante, visíteme el médico de los príncipes y señores, aunque sea el más matante, recéteme el jarabe del rey, venga ó no venga bien, basta ser del rey; llamadme el sastre de la princesa.

Faltóles la paciencia y pasaron al desván de la Ciencia, que de verdad hincha mucho y no hay peor locura que enloquecer de entendido ni mayor necedad que la que se origina del saber. Toparon aquí raras sabandijas del aire, los preciados de discretos, los bachilleres de estómago, los doctos legos, los conceptistas, las cultas resabidas, los miceros, los sabiondos y dotorcetes; pero á todos ellos ganaban en tercio y quinto de desvanecimiento los puros gramáticos, gente de brava satisfacción. Y así decía uno que él bastaba á inmortalizar los hombres con su estilo y hacer emes con su pluma. Decía ser el clarín de la fama, cuando todos le llamaban el cencerro del orbe.

¡Ver éstos, ponderaba Critilo, cuando estampan algún mal librillo, la audacia con que entran, la satisfacción con que hablan! ¡Mal año para Aristóteles con todas sus metafísicas y á Séneca con sus profundidades!

Achaque también de poetillas intrépidos, cuando desconfía Virgilio y manda quemar su inmortal Eneida y el ingenioso Bocalini comienza en su Prólogo recelando. Pues oir un astrólogo, el desvanecimiento, con que habla en un pronostiquillo de seis hojas y seis mil disparates, como si fuese el mejor tomo del Tostado.

Aquí hallaron los Narcisos del aire, que pareció novedad. Porque los de los cristales, los pasados por agua, son ya vistos, aunque no vistosos. ¡Qué bien glosaban ellos mismos á todo lo que decían y las más veces era un disparate!:

¿Digo algo?

Arqueando las cejas.