Pues así como vuelven todos los demás usos, ¿por qué no podría volver éste al cabo de los años mil y aun de los cuatro mil?
¿No veis vos que los buenos usos nunca más vuelven ni lo bueno á tener vez?
Pues, Messere, ¿cómo hacían aquellos primeros hombres del tiempo antiguo para vivir tanto?
¿Qué? Ser buenos hombres, como quien no dice nada. No se pudrían de cosa, porque no había entonces mentiras ni aun en los casamientos ni escusas para no pagar ni largas para cumplir. No había preguntadores que matan, habladores que muelen, porfiados que atormentan, necios cansados que aporrean. No había quien estorbase ni mujeres tijeretas, criados rezongones. No mentían los oficiales ni aun los sastres. No había abogados ni alguaciles. Y lo que es más que todo eso, no había médicos. Y con que inventaron mil cosas, Júbal la música, Tubal Caín el hierro, no hubo hombre, que se aplicase á ser boticario. Así que nada había de todo esto: mirá si habían de vivir á ochocientos y á novecientos años los hombres, siendo tan personas. Quitadme vos todos estos topes, que yo os daré luego que vivan á mil y aun á dos mil años. Porque cada cosa déstas basta á quitar cien años de vida y hacer que se pudra y se consuma y se mate un hombre en cuatro días. Y digo que aun es milagro que vivan tanto; sino que á puro de ser buenos hombres viven algunos, que para éstos es el mundo. Otra cosa os sé decir, que según van de cada día empeorándose las materias, agotándose los bienes y aumentándose los males, adelantándose los malos usos, temo que se ha de ir acortando la vida de modo que no lleguen á ceñirse espada los hombres ni aun á atacarse las calzas.
Messere, le replicó, será imposible eso y más en los tiempos, que alcanzamos, quitar que no haya pleitos, injusticias, falsedades, tiranías, latrocinios, ateísmos acá y herejías acullá. Pues tampoco faltarán guerras que destruyan, hambres que consuman, pestes que acaben y rayos que asuelen.
Íbase ya muy desconsolado éste, cuando le llamó el bel poltroni y le dijo:
Ora, mire V. señoría, que no querría que se fuese triste de mi jovial presencia. Yo le daré una recetilla de conservar el individuo, que es hoy la más válida en Italia y la más corriente en todo el mundo y es ésta: Cena poco, usa el foco, in testa capelo e poqui pensieri en el cerbelo. ¡Oh, la bella cosa!
¿De modo que me dice V. señoría que pocos cuidados?
Poquissimi.
Según eso ¿no me conviene á mí el ser hombre de negocios ni asistir al despacho?