Pasaron adelante y entre varias tropelías del gusto, casas de gula y juego, toparon una gran casa, que repetía para palacio, con sus empinadas torres, soberbios homenajes y en medio de su majestuosa portada, en el mismo arquitrabe, se leía este letrero:

Aquí yace el príncipe de tal.

¿Cómo que yace? se escandalizó Andrenio. Yo le he visto pocas horas ha y sé que es vivo y que no piensa en morir tan presto.

Eso creeré yo, le respondió el Honroso. También es verdad que aquí vivieron muchos héroes, antepasados suyos; pero el que aquí yace, que no vive, muerto es y huele tan mal, que todos se tapan las narices, cuando sienten la hediondez de sus viciosas costumbres. Ni es él solo el que yace; sino otros muchos sepultados en vida, amortajados entre algodones y embalsamados entre delicias.

¿Cómo sabes tú que están muertos?, dijo el Ocioso.

¿Y cómo sabes tú que están vivos?, replicó el Vano.

Porque los veo comer.

¿Pues qué, el comer es vivir?

¿No les oyes roncar?

Eso es decir que están muertos desde que nacieron y pasan plaza de finados, pues ya llegaron al fin del ser personas. Que, si la definición de la vida es el moverse, éstos no tienen acción propia ni obran cosa que valga. ¿Qué más muertos los quieres?