Lastimábase Critilo de ver tal crueldad, que enterrasen los hombres vivos, y rióse el Vano de su llanto, diciéndole:
Advierte que ellos mismos, por no matarse, se sepultan en vida y se vienen por su pie á enterrar en los sepulcros del ocio, en las urnas de la flojedad, quedando cubiertos del polvo del eterno olvido.
¿Quién será aquel señor, que yace en aquel sepulcro de la hedionda lascivia?
Quien no será más de lo que hasta hoy ha sido. Y de aquel otro antes se supo que fué muerto, que vivo, ó fué su nacer el morir. Mirad aquel príncipe: no hizo más ruido que el de su primero llanto, cuando entró en el mundo.
He reparado, dijo Critilo, que no se topa un caballero francés sepultado en vida, habiendo tantos de otras naciones.
Ésa, dijo el Honroso, es una singular prerrogativa de la nación francesa, que lo bueno se debe aplaudir. Sabed que en aquel belicoso reino ninguna damisela admitirá para esposo al que no hubiere asistido en algunas campañas. Que no los sacan para el tálamo del túmulo del ocio. Desprecian los Adonis de la corte, por los Martes de la campaña.
¡Oh, qué buen gusto de madamas! Esa misma reputación introdujo la Católica reina doña Isabel en su palacio, entre sus damas; aunque duró poco, habiendo sido la primera, que se sirvió de las hijas de grandes señores.
Estaban llenos aquellos holgazanes sepulcros, no de muertos vivos, sino de vivos muertos; y no sólo de los mayorazgos de las ilustres casas, sino de segundones, sucesores de retén, de terceros y de cuartos, sin que saliesen á medrar y valer ni en las campañas ni en las Universidades. Todos yacían en las mesas del juego, en el cieno de la torpeza, en el regazo de la ociosidad, única consorte del vicio. Y lo que es más, á vista de sus padrazos y madroñas, penándose de que les duela una uña y no haciendo caso de que les duela la honra y la conciencia con tan traidora piedad.
Llegaron, después de haber paseado toda aquella dilatada compañía de la ociosidad, los prados del deporte y campo franco de los vicios, á dar vista á una tenebrosa gruta, boquerón funesto de una horrible cueva, que yacía al pie de aquella soberbia montaña, en lo más humilde de su falda, antípoda del empinado alcázar de la estimación honrosa, opuesta á él de todas maneras. Porque, si aquél se encumbraba á coronarse de estrellas, ésta se abatía á sepultarse en los abismos del olvido.
Allí todo era empinarse al cielo; aquí, rodar por el suelo. Que para todo se hallan gustos: más de malos, que de buenos. Había la distancia de uno á otra, que va de un estremo de altivez á otro de abatimiento y vileza. Campeaba más la entrada, cuanto más oscura y tenebrosa. Que su mismo deslucimiento la hacía más notable. Era muy espaciosa, nada suntuosa, sin género alguno de simetría, basta y bruta. Y con ser tan fea y tan horrible, embocaba por ella un mundo de cosas. Los coches de á tres tiros, muy holgados, carrozas tiradas de seis pías y las más veces remendadas, sillas de mano, literas y trineos. Pero ningún carro triunfal.