Llegó en esto á querer entrar un cierto sujeto y, hablando con ellos, les dijo:
Señores míos, yo lo he probado todo y no he hallado oficio ni empleo como no hacer nada.
Y colóse dentro. Venía encaminado á ella un otro gran personaje con numerosa comitiva de lacayos y gentiles hombres, á toda prisa de su antojo, sin poderle detener ni los ruegos de sus más fieles criados ni los consejos de sus amigos. Salióle al paso el Honroso y díjole:
Señor excelentísimo, serenísimo, sea lo que fuere, ¿cómo hace esto V. excelencia, pudiendo ser un príncipe famoso, el héroe de su casa, el aplauso de su siglo, obrando cosas memorables y hazañosas, llenando su familia de blasones? ¿Por qué se quiere sepultar en vida?
Quitaos de ahí, le respondió, que no quiero nada ni se me da nada de todo; mas quiero hacer mi gusto y gozar de mi regalo. ¿Yo cansarme? ¿Yo molerme? ¡Bueno por mi vida! Nada, nada de eso.
Y diciendo y no haciendo, metióse dentro á nunca más ser nombrado. Tras éste venía un mozo galancete, más estirado de calzas que de hombros y con tanta resolución como disolución, se fué á meter allá. Gritóle el Honroso, diciendo:
Señor don Fulano, una palabra de una obra: ¿pues cómo un hijo de un tan gran padre, que llenó el mundo de sus heroicos aplausos, que floreció tanto en su siglo, así se quiere marchitar y sepultarse en el ocio y en el vicio?
Mas él, atropellando con todo:
No me enfadéis, le dijo, no me deis consejos: obraron tanto mis antepasados, que no me dejaron qué hacer. No se me da nada de no ser algo.
Y lanzóse allá á no ser nunca visto ni oído.