Desta suerte y tan sin dicha entraban unos y otros, estos y aquéllos, que se despoblaba el mundo y nunca se llenaba la infeliz sima de las honras y de las haciendas. Entraban caballeros, títulos, señores y aun príncipes. Y admirados de ver uno muy poderoso le dijeron:
¿Y vos, señor, también venís á para acá?
No vengo, respondió él; sino que me traen.
Á fe que no es buena escusa.
Entraban hombres de valor á valer nada, floridos ingenios á marchitarse, hombres de prendas á nunca desempeñarse. Pasaban del holgarse y del entretenerse á no ser estimados y del prado á la cueva de la nada, condenados á olvido sempiterno. Tenía ya el un pie en el umbral de la cueva un cierto personaje, que parecía de importancia, cuando llegó un otro de barbas tan agrias como su condición, que parecía persona de gobierno. Y tirándole de la capa, le dió un recado de parte de su gran dueño, ofreciéndole una embajada de las de primera clase y que otros muchos la pretendían; mas él, haciendo burla, no la quiso aceptar, diciendo:
Yo renuncio todos los cargos con las cargas.
Volvióle á hacer instancia tomase un bastón de general y él:
Quita allá, que no quiero nada, sino á mí mismo y todo entero.
¡Siquiera un virreinato!
Nada, nada; déjenme estar en mis gustos y mis gastos.