Señores, ponderaba Critilo, que un hombre común, un plebeyo, trate de entrarse en esta cueva vulgar, pase, no me admiro: que de verdad les cuesta mucho el llegar á valer algo, estáles muy cara la reputación, cuéstales mucho la fama; pero los hombres de mucha naturaleza, los de buena sangre, los de ilustres casas, que por poco, que se ayuden, han de venir á valer mucho y dándoles todos la mano han de venir á tener mano en todo, que ésos se quieran enviciar y anonadar y sepultarse vivos en el covachón de la nada, cierto que es lastimosa infelicidad. Si los otros pelean con balas de plomo, el noble con balas de oro. Las letras, que en los demás son plata, en los nobles son oro y en los señores, piedras preciosas. ¡Oh, cuántos, por no cansarse media docena de cursos, anduvieron corridos toda la vida, por no lograr breve tiempo de trabajo, perdieron siglos de fama!
Pero entre muchos de aquellos viles ministros, sepultureros del vicio, vieron que andaba muy atareada una bellísima hembra, convirtiendo en azar con manos de jazmín cuanto tocaba. Teníalas de nieve, pues todo lo elevan, tanto, que, en tocando el mayor hombre, el más prudente, el más sabio, le convertía en estatua de pórfido ó de mármol frío y no paraba un punto ni un momento de arrojar gente en aquella funesta sima del desprecio. Ni era menester traerlos con sogas ni con maromas; que sólo un cabello bastaba. Pero, ¿qué mucho, si los llevaba cuesta abajo? Hacía mayor estrago cuanto mayor prodigio era de belleza.
¿Quién es ésta, preguntó Andrenio, que lleva traza de despoblar el mundo?
¿Es posible, que no la conoces?, respondió su gran contrario el Honroso. ¿Ahora estamos en eso? Ésta es mi mayor antagonista, la misma deidad de Chipre, sino en persona, en sirena, en cuerpo, que no en espíritu. Huid de ella, que no hay otro remedio. Que, si eso hubiera hecho aquel príncipe, que tiene asido con mano de nieve y garra de neblí, no hubiera tan presto descaecido de héroe, que ya andaba en ese predicamento y muy adelante.
¡Oh, qué lástima, se lamentaba Critilo, que al más empinado cedro, al más copado árbol, al que sobre todos se descollaba, se le fuese apegando esta inútil yedra, más infructífera cuanto más lozana! Cuando parece que le enlaza, entonces le aprisiona; cuando le adorna, le marchita; cuando le presta la pompa de sus hojas, le despoja de sus frutos, hasta que de todo punto le desnuda, le seca, le chupa la sustancia, le priva de la vida y le aniquila. ¿Qué más? ¿Y á cuántos volviste vanos? ¿Cuántos linces cegaste, cuántas águilas abatiste, á cuántos ufanos pavones hiciste abatir la rueda de su más bizarra ostentación? ¡Oh á cuántos, que comenzaban con bravos aceros, ablandaste los pechos! Tú eres, al fin, la aniquiladora común de sabios, santos y valerosos.
Á otro lado de la cueva vieron un raro monstruo con visos de persona, haciendo á todo muy mala cara. Tenía estrañas fuerzas, pues asiendo con solos dos dedos, como haciendo asco, algunos suntuosos edificios, los arrojaba al centro de la nada.
Allá va, decía, ese dorado palacio de Nerón, esas termas de Domiciano, esos jardines de Eliogábalo. Porque todos valieron nada y sirvieron de nada. No así los castillos fuertes, las incontrastables ciudadelas, que erigieron los valerosos príncipes, para llaves de sus reinos y freno de los contrarios. No los famosos templos, que eternizaron los piadosos monarcas; las dos mil iglesias, que dedicó á la madre de Dios el rey don Jaime.
Allá van, decía, esos serrallos de Amurates, ese alcázar de Sardanápalo.
Pero lo que mayor novedad les hizo fué verle asir las obras del ingenio y con notable desprecio vérselas arrojar allá. Hízole duelo á Critilo verle asir de un libro muy dorado y que amagaba sepultarle en el eterno olvido y rogóle no lo hiciese; más él, haciendo burla, le dijo:
He, vaya allá, pues entre mucha adulación no tiene rastro de verdad ni de sustancia.