Basta, replicó Critilo, que el dueño de que habla y á quien lo dedica le hará inmortal. No podrá, respondió él, que no hay cosa que más presto caiga que la mentirosa lisonja, que no tiene fundamento, antes solicita enfado.
Echóle allá y tras él otros muchos libros, voceando:
Allá van esas novelas frías, sueños de ingenios enfermos, esas comedias silbadas, llenas de impropiedades y faltas de verisimilitud.
Apartó unas y dijo:
Éstas no; resérvense para inmortales por su mucha propiedad y donoso gracejo.
Miró el título Critilo, creyendo fuesen las de Terencio y leyó:
Parte primera de Moreto.
Éste es, le dijo, el Terencio de España. Allá van, decía, esos autores italianos.
Reparó Critilo y díjole:
¿Qué haces? Que se escandalizará el mundo, pues están hoy en tanta reputación las plumas italianas, como las espadas españolas.