He, dijo, que muchos de estos italianos debajo de rumbosos títulos no meten realidad ni sustancia; los más pecan de flojos, no tienen pimienta en lo que escriben ni han hecho otros muchos dellos que echar á perder buenos títulos, como el autor de la Plaza universal. Prometen mucho y dejan burlado al lector y más si es español.
Alargó la mano hacia otro estante y comenzó con harto desdén á arrojar libros. Leyó los títulos Critilo y advirtió eran españoles, de que se maravilló no poco y más cuando conoció eran historiadores y sin poder contenerse le dijo:
¿Por qué desprecias esos escritos, llenos de inmortales hazañas?
Y aun ésa es la desdicha, le respondió, que no corresponde lo que éstos escriben á lo que aquéllos obran. Asegúrote que no ha habido más hechos ni más heroicos, que los que han obrado los españoles; pero ningunos más malescritos, por los mismos españoles. Las más de estas historias son como tocino gordo, que á dos bocados empalagan. No escriben con la profundidad y garbo político, que los historiadores italianos, un Guiciardino, Bentivollo, Catarino de Ávila, el Siri y el Virago en sus Mercurios, secuaces todos de Tácito. Creedme que no han tenido genio en la historia, así como ni los franceses en la poesía.
Con todo, de algunos reservaba algunas hojas; mas á otros todos enteros y aun sin desatarlos los tiraba de revés hacia la nada y decía:
Nada valen, nada.
Pero notó Critilo que por maravilla desechaba obra alguna de autor portugués.
Éstos, decía, han sido grandes ingenios, todos son cuerpos con alma.
Alteróse mucho Critilo al verle alargar la mano hacia algunos teólogos, así escolásticos, como morales y expositivos y respondióle á su reparo:
Mira: los más déstos ya no hacen otro que trasladar y volver á repetir lo que ya estaba dicho. Tienen bravo cacoetes de estampar y es muy poco lo que añaden de nuevo, poco ó nada inventan.