¡Oh, bien!, respondió Critilo. Yo te lo diré. Porque, así como en una casa no se llaman parte de ella los corrales, donde están los brutos, no entran en cuenta los reductos de las bestias, así lo más del mundo no son sino corrales de hombres incultos, de naciones bárbaras y fieras, sin policía, sin cultura, sin artes y sin noticias, provincias habitadas de monstruos de la heregía, de gentes, que no se pueden llamar personas, sino fieras.

Aguarda, dijo, agora, que tocamos ese punto, vosotros, que habéis registrado las más políticas provincias del mundo, ¿qué os ha parecido de la culta Italia?

Vos lo habéis dicho en esa palabra culta, que es lo mismo que aliñada, cortesana, política y discreta, la perfecta de todas maneras. Porque es de notar que España se está hoy del mismo modo que Dios la crió, sin haberla mejorado en cosa sus moradores, fuera de lo poco, que labraron en ella los romanos. Los montes se están hoy tan soberbios y zahareños como al principio; los ríos innavegables, corriendo por el mismo camino que les abrió la naturaleza; las campañas se están páramos, sin haber sacado para su riego las acequias; las tierras incultas; de suerte que no ha obrado nada la industria. Al contrario la Italia está tan otra y tan mejorada, que no la conocerían sus primeros pobladores, que viniesen. Porque los montes están allanados, convertidos en jardines, los ríos navegables, los lagos son vivares de peces, los mares poblados de famosas ciudades, coronados de muelles y de puertos; las ciudades todas por un parejo, hermoseadas de vistosos edificios, templos, palacios y castillos, sus plazas adornadas de brolladores y fuentes; las campañas son elisios, llenas de jardines; de suerte, que hay más que ver y que gozar en sola una ciudad de Italia, que en toda una provincia de las otras. Ella es la política, madre de las buenas artes, que todas están en su mayor punto y estimación, la política, la poesía, la historia, la filosofía, la retórica, la erudición, la elocuencia, la música, la pintura, la arquitectura, la escultura. Y en cada una destas artes se hallan prodigiosos hombres. Por esto, sin duda, dijeron que, cuando las diosas se repartieron las provincias del mundo, Juno escogió la España, Belona la Francia, Proserpina á Inglaterra, Ceres á Sicilia, Venus á Chipre y Minerva á Italia. Allí florecen las buenas letras, ayudadas de la más suave, copiosa y elocuente lengua. Que aun por eso en aquella plausible comedia, que se representó en Roma, de la caída de nuestros primeros padres, se introducían donosamente los personajes, hablando el padre eterno en alemán, Adán en italiano: Lo mio signore, Eva en francés, qui Monsiur, y el diablo en español, echando votos y retos. Exceden los italianos á los españoles en los accidentes y á los franceses en la sustancia. Ni son tan viles como éstos ni tan altivos como aquéllos. Igualan á los españoles en ingenio y sobrepujan á los franceses en juicio, haciendo un gran medio entre estas dos naciones. Pero, si en manos de los italianos hubieran dado las Indias, ¡cómo que las hubieran logrado! Está Italia en medio de las provincias de la Europa, coronada de todas como reina, y trátase como tal. Porque Génova la sirve de tesorera, Sicilia de despensera, la Lombardía de copera, Nápoles de maestresala, Florencia de camarera, el Lacio de mayordomo, Venecia de aya, Módena, Mantua, Luca y Parma, de meninas y Roma de dueña.

Sola una cosa la hallo yo mala, dijo Andrenio.

¿Sola una?, replicó el cortesano. ¿Y cuál es?

Reparaba en decirla y quisiera que él la adivinara. Con esta atención le iba deteniendo y el otro instando.

Sería acaso el ser tan viciosa, porque eso le viene de ser tan deliciosa.

No es eso.

¿Aquello de oler aún á gentil, hasta en los nombres de Cipiones y Pompeyos, Césares y Alejandros, Julios y Lucrecias y en la vana estimación de las antiguas estatuas que parecen idolatrar en ellas, el ser tan supersticiosos y agoreros, porque todo eso les viene de gentil herencia?

Ni eso.