No sé qué me diga, le respondió, que de uno déstos hay para cien siglos y mientras sale un Augusto, ruedan cuatro Nerones, cinco Calígulas, ocho Eliogábalos, y mientras un Ciro, diez Sardanápalos. Sale una vez un Gran Capitán y bullen después cien capitanejos, con que se ha de mudar cada año de jefe. He aquí que para conquistar á todo Nápoles bastó el gran Gonzalo Fernández y para Portugal un duque de Alba, para la una India Fernando Cortés y para la otra Alburquerque; y hoy para restaurar un palmo de tierra no han sido bastantes doce cabos. Llevóse de carrera Carlos Octavo á Nápoles y con otra vista, que dió el desposeído Fernando con cuatro naves vacías, lo volvió á cobrar. De un Santiago cogió el rey Católico á Granada y su nieto Carlos Quinto toda la Alemania.
Oh, señor, replicó Critilo, no hay que admirar: que iban los mismos reyes en persona, no en sustituto. Que hay gran diferencia de pelear el amo ó el criado. Asegúroos que no hay batería de cañones reforzados, como una ojeada de un rey.
Tras de una reina doña Blanca, proseguía el cortesano, salen cien negras. Mas hoy en otra española vuelve á florecer aquélla y en una católica Cristina de Suecia renace hoy la emperatriz Elena. Más os digo, que vuelve á salir el mismo Alejandro. Ya le veo y le reverencio, no gentil, sino muy cristiano; no profano, sino santo; no tirano de las provincias, sino padre de todo el mundo, conquistándole para el cielo. Pasad un lienzo, les dijo, por esos cristales y, si fuere el de la mortaja, mejor: quedarán más limpios del polvo apegadizo de la tierra. Y mirad otro rato hacia el cielo.
Realzaron la vista y en virtud de aquella diáfana perspicacidad divisaron cosas, en que jamás habían reparado. Vieron una gran multitud de hilos y muy sutiles, que los iban devanando los celestes tornos y, sacándolos de cada uno de los mortales como de un ovillo.
¡Qué delgado hilan los cielos!, decía Andrenio.
Ésos son, respondió el cortesano, los hilos de nuestras vidas. Notad qué cosa tan delicada y de qué dependemos todos.
Era mucho de ver cuáles andaban los hombres rodando y saltando, como si fueran otros tantos ovillos, sin parar un instante, al paso que las celestiales esferas les iban sacando la sustancia y consumiendo la vida hasta dejarlos de todo punto apurados y deshechos, de tal suerte que no venía á quedar en cada uno sino un pedazo de trapo de una pobre mortaja, que en esto viene á parar todo. De unos tiraban hebras de seda fina; de otros, hilos de oro; y de otros, de cáñamo y estopa.
Sin duda que aquellos de oro y de plata, dijo Andrenio, serán de los ricos.
Engáñaste.
¿De los nobles?