Tampoco.
¿De los príncipes?
No discurres bien.
¿No son los hilos de las vidas?
Sí.
Pues, según fueren ellas, así serán ellos.
Noble hay, que sacan del hilo de estopa y plebeyo, que sacan del hilo de plata y aun de oro.
Allí se acababa uno, acullá otro, faltábale muy poco á éste, cuando comenzaba aquél. Que lo que la naturaleza va hilando de la vida el cielo lo va devanando y quitándonos los días con sus vueltas. Y cuando los mortales andan más diligentes y más solícitos, saltando y brincando, entonces se van más deshaciendo.
¡Pero qué á lo callado, qué á las sordas nos van urdiendo la muerte, ponderaba Critilo, cuando nos van devanando la vida! Engañóse sin duda aquel otro filósofo en decir que al moverse esas celestes esferas de esos once cielos hacen una suavísima música, un muy sonoro ruido. Ojalá que eso fuera, que nos despertaran de nuestro sueño. Fuera un citarnos á cada instante de remate. No fuera música para entretenernos, sino un recuerdo para desengañarnos.
Miráronse ya á sí mismos y vieron lo poco que les faltaba por devanar, que fué materia de harto desengaño para Critilo, si para Andrenio de melancolía.