¡Qué bien viene esto con lo que hoy se platica, pues no llegando los hombres á vivir lo más cien años y no teniendo seguro ni un día, emprenden edificios de á mil años, fabrican casas, como si se hubiesen de perpetuar sobre la haz de la tierra! De estos sería uno sin duda aquel que decía que, aunque supiera que no había de vivir sino un año, hiciera casa; si un mes, se casara; si una semana, comprara cama y silla; y si un día sólo, hiciera olla. ¡Oh!, cómo debe reirse destos necios la muerte discreta, siquiera por lo fea, viendo que, cuando ellos están levantando grandes casas, ella les está abriendo corta sepultura, según el proverbio: á casa hecha, sepultura abierta. En acomodándose uno, ella le desacomoda. Acabarse de construir el palacio y acabarse la vida todo es á un tiempo, trocándose las siete columnas del más soberbio edificio en siete pies de tierra ó siete palmos de mármol, vana necedad de muchos. Porque ¿qué más tiene el pudrirse entre pórfidos y mármoles, que entre terrones?
Sobre esta tan llana verdad venía echando el contrapunto de un singular desengaño el cortesano discreto con nuestros dos peregrinos en Roma. Llegaron á una gran plaza, embarazada de infinito vulgo, muy puesto en expectación de alguna de sus necias maravillas, que él suele admirar mucho.
¿Qué querrá ser esto?, preguntó Andrenio.
Y respondiéronle:
Tened paciencia y tendréis ciencia.
Así fué, que á poco rato vieron salir bailando y brincando sobre una maroma un monstruo, que en la lijereza parecía un pájaro y en la temeridad un loco. Estaban los que le miraban tan pasmados, cuanto él intrépido. Ellos temblando de verle y él bailando porque le viesen.
¡Brava temeridad!, exclamó Andrenio. Sin duda que éstos primero pierden el juicio y después el miedo. Á pie llano no llevamos segura la vida y éste la mete en precipicios.
¿De éste te espantas tú?, le dijo el cortesano.
¿Pues de quién, si de éste no?
De ti mismo.