¿De mí? ¿Y por qué?
Porque es niñería esto, respecto de lo que por ti pasa. ¿Sabes tú dónde tienes los pies? ¿Sabes por dónde caminas?
Lo que yo sé es, replicó Andrenio, que no me metiera allí por todo el mundo y éste por un vil interés se expone á tan grande riesgo.
¡Qué bueno está eso!, le dijo el cortesano. ¡Oh, si tú te vieses andar, no sólo de aquel modo, sino con harto mayor peligro, qué sentirías y qué dirías!
¿Yo?
Sí, tú.
¿Por qué?
Díme, ¿no caminas cada hora y cada instante sobre el hilo de tu vida, no tan grueso ni tan firme como una maroma, sino tan delgado como el de una araña y aun más y andas saltando y bailando sobre él? Ahí comes, ahí duermes y ahí descansas sin cuidado ni sobresalto alguno. Créeme que todos los mortales somos volatines arriesgados sobre el delgado hilo de una frágil vida, con esta diferencia, que unos caen hoy, otros mañana. Sobre él fabrican los hombres grandes casas y grandes quimeras, levantan torres de viento y fundan todas sus esperanzas. Admíranse de ver al otro temerario andar sobre una gruesa y asegurada maroma y no se espantan de sí mismos, que restriban sobre una, no cuerda, sino muy loca confianza de una hebra de seda. Menos, sobre un cabello. Aún es mucho, sobre un hilo de araña. Aún es algo, sobre el de la vida, que aún es menos. De esto sí que debrían andar atónitos, aquí sí que se les habían de erizar los cabellos y más reconociendo el abismo de infelicidades, donde los despeña el grave peso de sus muchos yerros.
Salgamos, salgamos de aquí luego luego, al mismo punto, gritó Andrenio.
Poco importa, dijo Critilo, dejar la consideración, si no salimos del riesgo. Bien podremos olvidarle, mas no evitarle.