Volvieron ya á su posada, llamada el mesón de la vida. Aquí les dejó el cortesano citados para otro gran día, si ya no les faltase la noche, que fué atención precisa. Recibióles con lisonjero agasajo su agradable huéspeda, mostrándose muy cuidadosa en su asistencia y regalo. Convidólos á la cena, diciendo:

Aunque no se vive para comer, se come para vivir.

Cerróse la noche y trataron ellos de cerrar los ojos, pasando á ciegas y á escuras la mitad de la vida. Y si dicen que el sueño es un ensayo de la muerte, yo digo que no es sino un olvido de ella. Íbanse ya encaminando al sepulcro del sueño, muy descuidados y seguros, cuando llegó á embargárseles uno de los muchos pasajeros, que allí se alojaban. Éste, acercándose á ellos disimulado, les dió voces á la sorda, diciéndoles:

¡Oh, inconsiderados peregrinos! ¡Cómo se os conoce cuán ajenos vivís de vuestro mal y cuán ignorantes de vuestro riesgo! Decidme, ¿cómo, estando presos, tratáis de dormir á sueño suelto? No es tiempo de cerrar los ojos, sino de abrirlos al mayor peligro, que os amenaza por instantes.

Tú debes ser el que sueñas, le respondió Andrenio. ¿Aquí peligros, en el albergue de la vida, en el mesón del sol y tan claro y tan risueño?

Y aun por eso mismo, respondió el pasajero.

He, que no es creíble que para traiciones en tales agrados, que se escondan fierezas entre tales lindezas.

Pues advertid que aquí donde la veis tan cortesana, esta nuestra huéspeda, que es de nación troglodita, hija del más fiero caribe, aquel que se chupa los dedos tras sus proprios hijos.

Quita de ahí, le replicó Andrenio. ¿Aquí en Roma trogloditas? ¿Cómo es posible?

¿Y es nuevo el concurrir en esta cabeza del orbe de todas sus naciones los erizados etíopes, los greñudos sicambros, los alarbes, los sabeos y los sármatas, aquéllos, que llevan consigo la fuente para socorrer la sed en la picada vena del caballo? Sabed, pues, que esta hermosa y agradable patrona alimenta sus fierezas de nuestras humanidades.