Es cosa de risa eso, replicó Andrenio. Lo que yo experimento es que ella no atiende á otro, que á nuestro agasajo y regalo.
¡Oh, qué engaño el vuestro!, exclamó el pasajero. ¿Nunca habéis visto cebar antes las engañadas aves, para cebarse en ellas después, sacándoles para esto los ojos? Pues así lo platica esta hechicera común, que no hay Alcina, que la iguale. Miradla bien, reconocedla y veréis que no es tan linda como se pinta; antes la hallaréis corta de faiciones y larga de traiciones, breve de tercios y cumplida de enredos. ¿Es posible, que no habéis reparado en estos días, que aquí estáis, cómo han desaparecido casi todos los pasajeros que han entrado? ¿Qué se hizo aquel gallardo mancebo, que tanto celebrastes de lindo, airoso, galán, rico y discreto? Ya no se ve ni se oye. ¿Pues aquella otra peregrina de la belleza, que tan bien pareció á todos? Ya no parece. Pregunto, ¿qué se hace tanto pasajero como aquí va entrando? Unos anochecen y no amanecen y otros al contrario: todos, todos, unos en pos de otros van desapareciendo, tan presto el cordero como el carnero, el amo como el criado, el soldado valiente y el cortesano discreto. Ni al príncipe le vale su soberanía ni al sabio su ciencia. No le aprovechan al valentón sus bríos ni al rico sus tesoros. Ninguno trae salvaguardia.
Ya yo lo había notado, respondió Critilo. Como á la deshilada se nos iban todos desvaneciendo y os aseguro que me ha ocasionado harto desvelo.
Aquí arqueando las cejas y encogiéndose de hombros el pasajero:
Habéis de saber, les dijo, que yo, llevado de mi cuidadoso recelo, traté de escudriñar todos los rincones desta traidora posada y he descubierto una muy afectada traición contra nuestras descuidadas vidas. Amigos, que estamos vendidos, minada tenemos la salud con pólvora sorda, armada nos está una emboscada traidora contra la felicidad más segura. Pero, para que me creáis, seguidme, que lo habéis de ver con vuestros ojos y tocar con esas manos, sin hacer el menor sentimiento, porque seríamos perdidos antes con antes.
Y diciendo y haciendo, levantó una losa, que estaba bajo de su mismo lecho, de modo que la asechanza estaba inmediata á su descanso. Descubrióse un boquerón espantoso y lúgubre, por donde les animó á bajar, yendo él delante, y á la luz de una disimulada linterna los fué conduciendo á unas profundas cuevas, á unos soterráneos tan inferiores, que pudieran ser llamados con mucha razón infiernos. Allí les fué mostrando un expectáculo tan crudo y tan horrendo, que pudiera hacer estremecer los huesos y dar diente con diente el solo imaginarlo. Porque allí vieron y conocieron todos aquellos pasajeros, que habían echado menos; aunque muy desfigurados, tendidos por aquellos suelos. Estuvieron un gran rato sin poder hablar palabra, que aun para alentar les faltó el ánimo, tan muertos ellos como los que yacían.
¡Hay tal carnicería!, dijo Andrenio más suspirando, que pronunciando. ¡Hay tal catástrofe de bárbara impiedad! Aquél es sin duda el príncipe, que vimos cuatro días ha, tan agraciado y lindo, que era las delicias del mundo, tan cortejado y adorado de todos. Mirad qué solo yace, dejado y olvidado. Pereció su memoria con el ruido, que no haciéndole, luego es uno olvidado.
Aquel otro, decía Critilo, es aquel ruidoso campeón, conducidor de huestes valerosas. Mirad agora qué desacompañado yace y solo. El que antes hacía temblar el mundo con su valor agora nos hace temblar á nosotros con horror, y el que triunfa de tanto enemigo ya es trofeo de tanto gusano.
Contemplad, les decía el pasajero, qué fiera y qué fea está aquella tan hermosa. Convirtióse su florido Mayo en un erizado Diciembre. ¿Cuántos por ver esta cara perdieron el ver la de Dios y gozar del cielo?
Amigo, decía Andrenio, dínos por tu vida quién ejecuta semejantes atrocidades. ¿Son acaso ladrones, que por robarles el oro les quitan la preciosa vida? Pero más malicia indica el estar tan desfigurados, medio comidos algunos y aun roídas las entrañas. Aquí alguna cruel Medea se oculta, que así desmiembra sus hermanos; alguna infernal Meguera, que ya poco es troglodita.