¿No os decía yo? ponderaba el pasajero. Celebrad agora el cortés agasajo de vuestra agradable patrona.
Pues aún no acabo yo de creer, dijo Andrenio, que una fiereza tan atroz quepa en tal agrado, tal crueldad en tal beldad, ni es posible que una patrona tan humana nos sea tan traidora.
Señores míos, esto pasa en su misma casa, aquí lo estamos viendo y lamentando. Ved ahora quién lo ejecuta, por lo menos ella lo consiente. Éste es el dejo de su cortejo, éste el paradero de su agasajo y éste el remate de su hospedaje. Mirad qué caro se paga, atended en qué paran las paredes entoldadas de sedas, el servicio de plata, las doradas y mullidas camas, el convite y el regalo.
Esto estaban viendo y no creyéndolo, cuando de repente se hizo bien de sentir un horrible sonido, un espantoso estruendo como de muchas campanas, que doblaban el espanto. Correspondíale otro lastimero ruido de suspiros y lamentos. Quisieron nuestros peregrinos echar á huir y meterse en salvo; mas no pudieron, porque ya comenzaban á entrar de dos en dos funestos enlutados, con sus capuces tendidos, que no se les divisaba el gesto. Traían antorchas amarillas en las manos, no tanto para alumbrar los muertos, cuanto para dar luz de desengaño á los vivos, que la han bien menester. Retiráronse á un rincón los espantados peregrinos, sin osar hablar palabra, con que dieron más lugar á la atención, para ver lo que pasaba y oir lo que decían, aunque muy bajo, dos de aquellos enlutados, que les cayeron más cerca.
¡Qué brava fiereza, decía el uno, la de esta cruel tirana! Al fin hembra, que todos los mayores males lo son, la hambre, la guerra, la peste, las arpías, las sirenas, las furias y las parcas.
Sí, respondía el otro; pero ninguna como ésta, que, si las demás persiguen y atormentan, no es con tal exceso. Si una calamidad os quita la hacienda, déjaos la salud; si la otra la salud, déjaos la vida; si ésta os priva de la dignidad, déjaos los amigos para el consuelo; si aquélla os roba la libertad, déjaos la esperanza. De modo que ninguna de las desdichas apura del todo; todas operan algo para el consuelo. Esta sola, peor de cuantas hay, todo lo barre, con todo acaba de una vez, con la hacienda, con la patria, amigos, deudos, hermanos, padres, contento, salud y vida, enemiga mayor del género humano, asesina de todos.
Bástale, dijo el otro, ser peor que cuñada, peor que madrastra. Pues suegra de la vida, ¿qué otro puede ser la muerte?
Mas al nombrarla ella como tan ruin acudió luego. Comenzaron á entrar los de su séquito, que es grande, unos que la preceden y otros que la siguen. Estaban espantados nuestros peregrinos, callando como unos muertos y, cuando esperaban ver entrar en fúnebre pompa tropas de fantasmas, catervas de visiones, ejércitos de trasgos, multitud de larvas y un escuadrón de funestos monstruos, vieron muy al contrario muchos ministros suyos muy colorados, gruesos y lucidos, no sólo no tristes, pero muy risueños y placenteros, cantando y bailando con brava chanza y bureo. Fuéronse partiendo por todo aquel teatro soterráneo, con que comenzaron ya á respirar nuestros peregrinos y, aun habiendo cobrado ánimo Andrenio, se fué acercando á uno de ellos, que le pareció de mejor humor y de buen gusto:
Señor mío, le dijo, ¿qué buena gente es ésta?
Miróselo él y, viéndole algo encogido, le dijo: